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El lenguaje hermético de los alquimistas / primera parte / Introducción

Sábado 6 de junio de 2009, por Alfonso Esparza C.

“Universo, está atento a mi plegaria. Tierra, ábrete, que la masa de las aguas se abra ante mí. Árboles, no tembléis; yo quiero loar al señor de la Creación, el Todo y el Uno. Que los cielos se abran y callen los vientos. Que todas las facultades que hay en mí, celebren el Todo y el Uno”. - Himno de Hermes.

Introducción

Ante todo, es preciso aclarar la intención y la importancia de realizar un trabajo como el presente.

En el desarrollo histórico de la escritura, ¿qué representa el paralelo surgimiento de un lenguaje hermético, esotérico, críptico? ¿Por qué la elección de la alquimia?

En los orígenes de la escritura, existió cierto animismo fundamentado en un poder mágico sobre las imágenes (escritura pictórica), que después se desarrolló en un complejo proceso hasta culminar en la escritura alfabética. Sin embargo, de ese animismo que era la expresión no sólo de pensamientos, ideas y acciones, sino de un complejo sistema que entrañaba la comprensión del mundo, referente a una comprensión simbólica, mítica y espiritual del mismo.

Según Moorhouse, el lenguaje se conformó en un sistema que es “…una forma de comunicación de fácil uso, y su sentido no se ocultará a una inteligencia corriente, aunque carezca por completo de todo conocimiento previo del sistema” (1). [1]

Pero, ¿qué pasa cuando esa inteligencia corriente no es capaz de desentrañar el sentido de un lenguaje, donde no existe una relación formal y convencional entre significado y significante? ¿Qué sucede con ese sistema de escritura simbólica? ¿Acaso es un seudo-lenguaje o un lenguaje marginal?

La alquimia en cuanto lenguaje esotérico, es el sistema simbólico por antonomasia, por el cual se transmite un saber, un conocimiento no implícito en la forma escrita, pero que sin embargo es escritura y significa. Pero, ¿cuál es el motivo para “ocultar” conceptos bajo la superficie formal de símbolos y alegorías?

El lenguaje cumple con una función primera, que es la de comunicar, vehicular el pensamiento. La alquimia transmite conceptos y pensamientos de manera alegórica. Pero ello no obedece simplemente a una intención deliberada de ocultar, sino, sobre todo, a las limitaciones del lenguaje formal, estrecho para expresar un saber acumulado durante siglos, metafísica que desborda al pensamiento racionalista. Los llamados iniciados o adeptos tienen que recurrir a ese lenguaje cifrado en símbolos para transmitir sus conocimientos a la posteridad, lo cual sería imposible si ese sistema de símbolos fuera totalmente oscuro y cerrado.

“La criptografía y el jeroglífico, en la composición de un texto sagrado, no tienen otra intención que despertar el interés del lector, resaltar un aspecto del texto, guiar a fin de cuentas hacia su carácter esotérico (…) el esoterismo no puede ser escrito ni dicho ni, en consecuencia, ser traicionado. Hay que estar preparado para captarlo, verlo, escucharlo a su elección”. [2]

Ante todo, el lenguaje de la alquimia es el lenguaje de la Naturaleza, porque implica su conocimiento total y sintético, y por tanto, también su transmisión. Es como un poema dedicado a la Creación, un poema religioso y metafísico que entraña una verdad, la verdad del cosmos y del hombre, inexpresable en un lenguaje formal y racionalizado. La alquimia es la pretensión de encerrar a la verdad en el lenguaje escrito e icónico, que penetra en la esencia de la materia y del espíritu (inseparables para la alquimia) en una aventura desmesurada que se pierde en una mitología que es simbolización de procesos cósmicos que se concretan en la transformación de la Naturaleza.

“El todo, constituido de esta manera en un ser vivo, completo, es un lenguaje que habla, que se expresa sin cesar en la función viva, representando la base de la Inteligencia del Corazón, o sea, el hecho que mantiene la relación con toda la Naturaleza y, por consiguiente, la CONOCE”. [3]

El alquimista cuenta con una suerte de poesía esotérica para hacer llegar a la posteridad aquello que ha conocido en su hiperbólica vivencia de la Naturaleza en una necesidad de concretar su saber, “… hay que transcribir en la conciencia cerebral y objetiva lo que está en nosotros, estableciendo la relación de esta Vida en nosotros con la observación de esta Vida en la Naturaleza”. [4]

Con ello se desecha la hipótesis de un supuesto elitismo iniciático en la transmisión del saber alquímico, que sin embargo se volverá a tratar más adelante. Baste decir que los textos alquímicos son un libro abierto a cualquiera, pero hermético en cuanto a la forma de exposición de sus conceptos.

Por estas razones resulta pertinente un acercamiento para tratar de clarificar en lo posible las características de ese lenguaje, que por otro lado es de gran interés para tratar de entender la plasticidad de la expresión verbal escrita, que como veremos, no sólo tiene la función mecánica de expresar claramente el pensamiento, sino, en este caso, ser una pequeña pero bella y rica expresión de una sabiduría milenaria, el Ars Magna de Hermes, como lo es también la Cábala de los hebreos o los Yantras y Mantras hindúes, y el Tarot, que tienen en común el otorgar a la palabra y al símbolo un poder que desborda los estrechos límites de su expresión material.

Cabe aclarar que la intención de este trabajo no es cuestionar la veracidad o la falacia de la parte práctica de la alquimia, que sería parte de otro trabajo, sino de indicar la importancia de una tradición que arranca antes de nuestra era, perdurando al menos hasta el siglo XX; tradición que se vincula con toda una historia espiritual, arquetípica y mitológica de la expresión cultural del hombre.

No obstante, es necesario aportar una serie de datos, como el carácter mismo de la alquimia, sus fundamentos y pretensiones, para poder apreciar en toda su amplitud la riqueza semántica de su escritura e iconografía.

Lee la segunda parte: La alquimia en la historia.

Notas

[1] Moorhouse, A.C., Historia del Alfabeto, p. 19

[2] 2. Schwaller de Lubicz, R. A., Esoterismo y Simbolismo, p. 8

[3] 3. Ibid., p. 19

[4] 4. Ibid., p. 19

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