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La peculiar curva

Martes 8 de junio de 2010, por Janet S.

Después de un pequeño viaje desde buena vista, llegué de mañana a Mahahual con mucho sueño y poco dinero, bajé mi bicicleta de la parte trasera de la camioneta y pedaleé hasta un gran faro blanco que se veía al final de una carretera poco transitada.

El andar fue pesado más por el viento en contra que por mi mala condición, pero en unos minutos estaba frente al faro y el mar del caribe que despedía un peculiar aroma mientras las olas se formaban en él.

Decidí continuar para conocer el malecón de Mahahual, en el cual hay restaurantes, bares, hoteles y establecimientos donde rentan equipo para bucear, todo esto sobre una bonita avenida, una vez que terminé de recorrer esta zona comercial seguí para ver que más encontraba.

La calle continuaba pero esta vez las llantas de mi bicicleta se derrapaban con los montones de arena acumulada. En el camino se observaban rejas y letreros con la leyenda “Propiedad privada”, también lugares donde rentar cabañas, acampar y comer, todo ello con altos costos que me hicieron recordar lo que mencionó la señora que preparó los exquisitos tacos de guisado que desayuné ese día: “Ahí todo está caro, es sólo para los extranjeros”.

Después de un extenso recorrido, ya de regreso, antes de llegar al punto donde inicié, pude observar en una curva del camino, un lugar con un conjunto de piedras interesantes, en donde el mar poseía una textura increíble, pero sobre todo se observaba que era un lugar poco visitado a pesar de estar libre de rejas; ese día no me quede ahí pero regresé al día siguiente, cuando llegué ya se encontraban algunas personas.

Permanecí una hora y media aproximadamente viendo el atardecer mientras unos niños pescaban; de repente salió uno de ellos gritando “Mira mamá, mira”, en sus manos llevaba un pescado que mostró a sus papás para regresar a presumirlo a sus hermanos, ¿tú lo pescaste? – Le pregunté – No me lo encontré en la orilla del mar. Bueno, sí, él no lo pescó, pero estaba igual de feliz que si lo hubiera hecho. Más tarde su mamá lo llamó a él y sus hermanos para comer su recién preparado arroz y pescado asado que por el aroma prometían ser un manjar.

Permanecí unos minutos más, los necesarios para ver cómo la gente se marchaba; sin perder de vista mi medio de transporte caminé descalza sobre la húmeda arena, disfrutando de la temperatura que el sol vespertino irradiaba en aquel hermoso lugar, por último vi a un joven pez que salto para dejarse ver y, a unas enormes aves negras que volaron muy cerca de mí. Al ver que el reloj marcaba las seis cuarenta de la tarde, decidí que era hora de marcharme, así que me puse mi tenis y pedalee de nuevo, contenta de haber encontrado aquel lugar.

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