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No hables con extraños... a menos que sean interesantes - 1

Lunes 2 de agosto de 2010, por J.C.

Hace unos meses emprendí un viaje por el estado de Quintana Roo, un lugar que se caracteriza por sus bellezas naturales, las cuales aún no han sido conquistadas del todo. La siguiente narración está dividida en tres partes (que comprenden los tres días que pase en un lugar muy especial) para así organizar bien todo y ser lo más fiel posible a los hechos; las conversaciones no son textuales, ya que no pude escribir o grabar nada durante este maravilloso recorrido. Esta es la historia del lugar más asombroso y peculiar que haya podido ver en toda mi vida.

Anduve durante tres días. Nunca antes había tenido que hacer un viaje sin escalas para dormir o comer en un poblado establecido, sin embargo, la carretera en esta ocasión se encontraba completamente vacía y cubierta con selva por todos lados, lo único que desentonaba con el verde y café era el áspero gris de una carretera completamente recta, recorrerla en bicicleta ha sido un verdadero calvario; las pocas provisiones que llevaba se redujeron rápidamente, y por las noches, los chaquistes, una especie de mosco diminuto, me devoraba a pesar de estar dentro de la casa de campaña… incluso en las orejas y dentro de la nariz, tenía piquetes del maldito mosquito.

Por fin llegué al Ejido Miguel Hidalgo, ubicado entre el poblado de Bacalar y Buenavista. Mi primera impresión al llegar fue el aire de antipatía que se respiraba, todos los ojos se me quedaban viendo, algunos claramente con malicia en sus miradas, incluso al llegar sentí la necesidad de regresar mis pasos, pero era demasiado tarde como para volver, ya no tenía comida ni agua, además el cansancio a estas alturas era demasiado.

La carretera, de por si angosta, se redujo para dar paso a un camino de tierra blanca, en el fondo de ese camino lácteo llegué a una enrejada. De pronto la incertidumbre se apoderó de mí, sabía que este lugar no era normal, durante setenta y dos horas no pasó ni un automóvil desde el poblado, y los poquísimos autos rumbo a él, no se detenían, ni siquiera al ver mi fatiga y mal estado. La reja estaba oxidada, su color guinda y su olor metálico me hacían permanecer alerta y receptivo, cada partícula que llegaba a mí era analizada y evaluada para determinar si se convertía súbitamente en una amenaza.

- ¿Qué se le ofrece muchacho?
- Vengo de una revista del Distrito Federal, estoy haciendo reportajes sobre Quintana Roo y pare aquí para descan…
-  Aquí no necesitamos revistas, pero muchas gracias por venir, que le vaya muy bien.
-  No, verá, no vendo revistas, quisiera conocer su pueblo, y escribir sobre él.
-  Ahhh, bueno ya entendí.
-  Qué bueno, si me deja pasar puedo…
-  No se puede.
-  Vengo de muy lejos, por favor, es un beneficio mutuo, atraemos turismo a su poblado y...
-  Nosotros no queremos turismo. No nos gusta la gente de fuera.
-  Al menos déjeme pasar a comprar algo de agua, he estado tres días en este camino y como sabe, no hay lugar para comprar comida o agua.
-  Si quiere le traigo agua, espéreme aquí tantito.
-  No podría sólo pasar para refrescarme, descansar.
-  Mmm, pues, de que se puede se puede. Mmm, pero tendría que dejar sus cosas acá.
-  Lo que pasa es que traemos equipo delicado, cámara de fotografía, una computadora…
-  ¿Cuánto pesan sus cosas?
-  Pues no sé, unos 30 kilos quizá más.
-  No te preocupes, dejalas acá, si algo les pasa nos hacemos responsables. Pero no puedes pasar con nada que no puedas llevar en tus manos.
-  ¿Entonces puedo llevar la cámara?
-  No. Nada de fotos, nada de videos; nada de esas cosas.

No estaba del todo convencido de entrar, pero debo confesar que la actitud de todos me daba curiosidad, si estaba asustado, pero también intrigado, es decir, claramente era un poblado, no una propiedad privada, y no eran instalaciones del gobierno; sin embargo el camino permanecía enrejado y vigilado, sabía que algo interesante estaba detrás de ellos; y claro, tenía hambre, sueño, sed y necesitaba con toda urgencia un baño. Deje todo, incluso mi preciada computadora y la cámara de foto; a pesar de ser hombres de campo, reconocieron inmediatamente el celular que planeaba llevar a escondidas y antes de poder si quiera pensar en donde ocultarlo, ya me lo habían quitado.

-  La bicicleta también se queda.
-  ¿Ya está cerca entonces?
-  Medio día caminando.

Parecía una locura, lo sé, dejar todas mis pertenencias y caminar medio día siguiendo a unos desconocidos que podían ser cualquier cosa, y en medio de una selva en la cual nadie me encontraría si algo pasará; pero no podía con mi curiosidad y mis suposiciones, incluso llegué a pensar que el subcomandante Marcos estuviera ahí, o algo parecido, el narco no se me ocurrió, nadie tenía armas de fuego, solo machetes.

No cabe duda que los tiempos y distancias son diferentes para ellos –pensé- 12 horas caminando serían sin duda varios kilómetros, y yo ya no podía más, incluso sobre la bicicleta, sin embargo la excitación sustituyo al miedo y la fatiga cuando llegó la persona que me llevaría al pueblo.

-  Este es don Arturo, él te va a llevar al pueblo.
-  Mucho gusto don Arturo.
-  Don Arturo no habla, sólo escucha. Él lleva un poco de agua, y ahí un río en el pueblo, ahí te puedes refrescar y dormir y luego seguir tu camino de vuelta.

Dos horas caminé, la noche estaba demasiado próxima, las personas se hacían menos conforme avanzábamos, no había puestos para comer o tiendas, sólo el camino, y una que otra persona vendiendo fruta picada y especies a lo largo, pero ningún establecimiento. Coco, mango, estrella, pimienta, tabaco, melón, papaya, ahh, y hamacas también; era curiosa la forma en la cual llevaban a vender sus cosas, las sostenían en sus espaldas, como si fueran mochilas. No pude evitar mirar el cocó con un deseo claro, don Arturo no tardo en acercarse a la vendedora, de las últimas que había:

-  Buenas noches don Arturo, ¿dos cocos?
-  …
-  Claro que sí, dos cocos para don Arturo.
-  …
-  Que este bien don Arturo, estos se los regalo… Ya sabe que tengo más en la casa, cuando quiera pásese por ahí y le doy unos maduritos.

La señora se volteó y se puso de rodillas, dos Arturo tomo de su espalda los cocos preparados, que se asomaban en una especie de estante hecho a la medida de la espalda de la mercante. Continuamos nuestro camino, pero la oscuridad era un gran obstáculo para mí, prácticamente no podía ver nada, sólo la silueta de mi guía; la ventaja era que no había moscos, ni un solo mosquito me pico, en cambio, montones de luciérnagas alumbraban las paredes de selva, me hubiera gustado que se posaran sobre el camino para alcanzar a ver algo pero su luz solo así más difícil acostumbrarse a la oscuridad de la vereda.

Al poco tiempo de llegar a la oscuridad total le dije a don Arturo que no podía más, él, como era de esperarse, no dijo nada, en cambio puso su hamaca entre dos árboles de ceiba, la ató con firmeza y me subió en ella; yo quería decirle que podía dormir en el suelo, traía mi sleeping, pero antes de que lo pensara ya estaba montado, arropado y con un sueño que me derribó en un par de minutos.

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