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Confesiones de un periodista frustrado

Martes 6 de marzo de 2012, por J.C.

La luminiscencia del monitor golpea tu rostro, bolsas de frituras y migajas de galletas sobre el escritorio, en el diminuto cubículo conformado por una computadora, un archivero y una silla, por la cual han pasado decenas, y ya tienes el hábitat del periodista, ese espécimen soñador que llega con las ganas de cambiar al mundo, llega con la ilusión de marcar la diferencia en un mundo de indiferencia y de tener un empleo que se separe, aunque sea un poco, de los trabajos monótonos y repetitivos… algunos se dan cuenta que cayeron justo en lo mismo, otros no se dan cuenta y a los más, sencillamente no les interesa.


La vida de un periodista, al menos en Cancún (donde yo trabajo), a diferencia de la vida que de un escritor como Mario Benedetti, a un reportero la vida lo lleva despacio y lo trae recio: anda de a poquito haciendo la diferencia, siendo “la voz del más pequeño que derribara al gigante”, pero a diferencia de la canción de Ictus, de la historia de David y Goliat o de cualquier final hollywoodense, el débil se cansa primero y los gigantes, aunque caen más fuerte, pocas veces caen…


Mi andar en el periodismo, en la persecución de la nota diaria, tiene menos de un año, en él he visto, más que valientes reporteros que arriesguen la vida por develar corruptelas y malos manejos, a personas cansadas, que trabajan desde la oficina, que investigan con su Black Berry y que luchan día a día por llenar los espacios que les son asignados. Ese periodista sediento por ser escuchado que representara Eduardo Galeano ya no existe más.

Más de un autor define al periodismo como una actividad social, un servicio a la sociedad, y es posible que tengan razón, sin embargo, pocos definen la palabra periódico en su verdadero y pragmático significado: "negocio". Es el negocio de vender ideas y corrientes de pensamiento. En mi corta carrera como periodista he visto grandes notas que destruirían la carrera política de algún gobernante, o al menos harían tambalear su liderazgo. ¿Saben lo que hace un periódico con esas notas, al menos aquí en Cancún? Las negocia.


Una llamada al presidente municipal o al gobernador y, palabras más palabras menos, lo extorsionan. “¿De qué crees que me enteré? Ahí termina el asunto, un nuevo arreglo de publicidad pagado con los impuestos de la gente impide que esa misma gente se entere de las verdades importantes. La información que llega a los diarios y a las pantallas pasa por el filtro económico del sistema que alimenta los poco conocidos convenios gobernante-medio de comunicación, en donde esos famosos golpes mediáticos no se deben al profesionalismo y al arduo trabajo, sino a que el oponente les llegó al precio, les dio los documentos necesarios, y utilizó la portada del diario como anuncio pagado para sus propios fines.


Más de una vez vi las camionetas del presidente municipal o al gobernador del estado afuera del periódico. Las pláticas internas nunca se saben, pero una cosa es segura: llegaban a hacer negocios, a prostituir el trabajo periodístico chantajeando a quienes por definición del trabajo periodístico deberíamos exponer sin importar el dinero que ofrezcan.


Hoy el periodismo, al menos en de Cancún, es una ramera en espera de clientes que lleguen a su precio, el cual es tan bajo que usualmente el presidente o el gobernador sale con una sonrisa de las instalaciones.


Es así como la luz del monitor recae sobre el pesado rostro de alguien que ha perdido la esperanza, la basura del escritorio define a la perfección las exigencias personales de tu trabajo y las migajas son un reflejo sutil de las “dadivas” que muchos reporteros aceptan de los funcionarios a cambio de su ligereza y lo pequeño del cubículo es incluso gigantesco comparado con la capacidad de critica del medio.

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