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Una crónica ligera

Miércoles 16 de febrero de 2011, por Alejandro Juan



En la unidad habitacional Culhuacán no han terminado de poner las cadenas y ya hubo la primera pelea, de unas semanas a la fecha algunos vecinos se han dado a la tarea de colocar tubos y cadenas en los cajones para automóviles que tradicionalmente eran de uso común, sin embargo estos ya fueron repartidos y en el ambiente comienza a sentirse un clima de inconformidad de quienes no resultaron beneficiados.

La concepción

Por alguna razón, las unidades habitacionales de la Ciudad de México fueron planeadas sin tomar mucho en cuenta la posibilidad de poseer algún automóvil por departamento, por lo menos de forma oficial, de manera que en las escrituras de las propiedades no se incluyen los espacios de estacionamiento, como consta en la escritura cuarenta mil treinta y nueve del libro quinientos noventa y tres de la Ciudad de México, que corresponden a un departamento de la fracción tres de la unidad habitacional Culhuacán, ubicada en la delegación Coyoacán.

En la planeación urbana de la unidad se contempló un sitio de estacionamiento para la mayoría de los departamentos: existen ciento treinta edificios que constan de seis departamentos cada uno, un total de setecientos ochenta departamentos, de los cuales ciento ochenta no tienen este espacio para automóvil por estar ubicados sobre andadores peatonales, lo cual constituye el primer problema; de cualquier forma en las escrituras de los departamentos que si tienen, solo aparece en el señalamiento de colindancia que esta es área común.

Lo anterior pone una ambigüedad en el uso de dichos espacios, pues quienes habitan estos edificios dan por hecho que les corresponde por lo que sin problema colocan cadenas y límites para usarlos como parte de su propiedad. Esto es parte de las costumbres de la comunidad del rumbo por lo que la vida no tendría mayores sobresaltos por esta razón, sobre todo si añadimos la presencia de setenta y siete espacios extra en la parte exterior y que , también por costumbre, usan cotidianamente quienes no cuentan con lugar frente a su edificio para estacionarse.

Hasta aquí todo parece una historia tradicional, de las mismas que suceden en toda unidad habitacional de la Ciudad de México, pero es notable como algunos sucesos tan pequeños evolucionan hasta convertirse en conflictos importantes. Un auto por departamento más setentaisiete espacios extras parecen suficientes, incluso para pensar en las visitas, lo cual es un lujo, pues en la mayoría de las unidades suele leerse a la entrada “no hay lugar para visitas”.

Pero “el país tiene que crecer” dirían algunos políticos y llegó la época en que habría chance de progresar, y si progresar significa tener posesiones y mejor si son automóviles, entonces se vuelve trascendental tener más de uno o de dos de estos bienes. En el país esto sucedió a principios del actual siglo.

Según la Asociación Mexicana de Distribuidores de Automotores A.C. (AMDA) el número de automóviles circulando en la ciudad aumentó considerablemente durante el primer lustro del siglo XXI debido sobretodo a dos factores: hubieron una serie de situaciones laborales que permitieron que gran cantidad de jóvenes recién integrados al mercado percibieran un salario suficiente para acceder a los diverso planes de compra con altas facilidades que ofrecieron las distribuidoras en esos días, esto aunado a la existencia del programa hoy no circula que si bien ha traído grandes beneficios a la ciudad, también es una buena excusa para fomentar la necesidad aparente de poseer un auto más para ser usado cuando el actual auto no circulara.

En la unidad el resultado inmediato fue que los espacios se volvieron insuficientes y los espacios que parecían sobrados comenzaron a saturarse al grado que, sobre todo durante las noches, el problema comenzó a tornarse conflictivo, en las reuniones vecinales que se acostumbran desde hace unos años con cierta disciplina, se volvió frecuente observar a Don Daniel Jiménez, vecino de la fracción dos, quejarse amargamente de los problemas para estacionarse, esto agravado por “la indiferencia y la mala voluntad de los vecinos”, Don Daniel no encontró mucho alivio a sus quejas y optó por rentar su departamento y mudarse en la primera oportunidad, ahora quien llegan a las reuniones vecinales y exponen la misma queja son sus inquilinos, quienes no fueron advertidos a tiempo y decidieron llegar con dos carros a cuestas.

A mediados del año 2004 se intentó una primera solución al problema a través de la junta de vecinos, encabezada por la Sra. Rosa Zea, colona y conocedora de los movimientos de la unidad, esta consistía en colocar una pluma a la entrada de la unidad, la cual sería controlada por “tarjetas inteligentes” de las que serían dotados cada uno de los departamentos, pues según apreciación del momento, la mayor parte de las molestias eran causadas por los vehículos que venían del exterior, lo cual no estaba tan lejos de la realidad si tomamos en cuenta lo que rodea a la unidad.

Tres veces por semana se instala sobre la Av. Canal Nacional, Frente a los edificios, un mercado sobre ruedas que surte la despensa de las familias del rumbo, el tianguis no llega solo, junto con él, todos los sábados, martes y jueves llegan una buena cantidad de camiones y camionetas de carga en las que los comerciantes trasladan su mercancía y éstos suelen situarlos en los lugares comunes de la unidad, ya de por sí esto satura el lugar por lo menos estos días de movimiento comercial.

Por el rumbo también se encuentran unas instalaciones de la Secretaría de Hacienda, y como sucede en todas las oficinas del gobierno, así como en las unidades y los hospitales, nunca hay lugares suficientes o simplemente no hay, entonces quienes llegan de visita o en este caso a realizar sus trámites ante esta dependencia, se ven en la necesidad de dejar sus autos en los lugares que aparenten algo de seguridad, y que mejor que en la unidad que se ve tan tranquila.

Parecía buena idea lo de la pluma, por lo menos el pleito solo sería desde ese momento con los vecinos, quienes de perdida ya eran conocidos. Se hizo el trámite, cada familia acudió al departamento de los representantes vecinales a dejar sus datos con mucha minucia para la obtención de la tarjeta, que permitiría la llegada a casa. Se construyó una caseta para realizar las operaciones, se contrató un servicio de vigilancia por turnos para que alguien estuviera pendiente de las mismas y se colocó la pluma con todos los instrumentos necesarios para su operación.

El panorama era bonito, una tarde de domingo hicieron la inauguración, hubo un representante del delegado y se cortó un listón, el resto de la tarde la plática recurrente de los vecinos era sobre lo acertado del asunto solo así evitaríamos a los “molestos invasores de afuera”, aunque algunos tianguistas también viven en la misma unidad.

Las noches de los fines de semana en las unidades habitacionales son a menudo plagadas de movimiento, fiestas, banditas de chavos que chelean en la calle y puestos de fritangas abiertos hasta el amanecer forman parte del bullicio, por lo que los ruidos fuertes son algo común, pocos pondrían atención a la peculiaridad de los escándalos escuchados la noche de la inauguración de la pluma, el hecho es que al otro día la susodicha amaneció destrozada aparentemente por el choque o los choques ocasionados por algunos camiones que casualmente pasaron por ahí en la madrugada. En las noches de bullicio hay gente y aparentemente nadie de ellos se dio cuenta de cómo sucedieron las cosas.

Lo cierto es que después de aquello la Sra. Rosa Zea, quien es de una honestidad intachable, ante la destrucción de la pluma, se las arregló para regresar las aportaciones de los vecinos; con la misma meticulosidad con que los registró los buscó nuevamente para disculparse, saldar toda deuda y al final se retiró definitivamente de las responsabilidades dentro de la unidad con el argumento de que “no podría vivir nuevamente una vergüenza de tal magnitud”.

Hagan lo que quieran

Los líderes son los líderes y estos se reconocen, porque hacen las cosas antes que los demás, para bien o para mal en el microcosmos de la unidad habitacional éstos son quienes norman muchas de las conductas de la comunidad y en Culhuacán no pierden el tiempo: a principios de año alguien sugirió que los espacios marcados con líneas amarillas, que en principio son áreas comunes pero que se usan para estacionar los carros, debieran aprovecharse democráticamente por los vecinos, si bien era justo que los edificios que tienen lugar los conservaran, también era justo que los departamentos que no cuentan en frente con este espacio contaran con una “asignación oficial de los espacios de afuera”.

Esto fue una idea expresada en una de las reuniones de vecinos, que a pesar de ya no ser tan disciplinadas si eran recurrentes y medianamente concurridas, donde la mayoría decidió que esto era lo justo para la comunidad siempre y cuando esto estuviera normado por la mesa directiva de la junta de vecinos, con la idea de que los espacios fueran usados por quienes no tenían lugar frente a su edificio, o sea los ciento ochenta departamentos que se encuentran sobre andadores para los que setenta y siete espacios exteriores seguirían siendo insuficientes.

Habría que poner orden, primeramente las cosas no son gratis, así que quien quisiera lugar tendría que colaborar con los gastos de colocación de cadenas y tubos para sostenerlas, así como a los vigilantes -para que alguien estuviera pendiente- ellos serían quienes pusieran y quitaran las cadenas y pues; no todos tienen carro, así que algunos condóminos que tienen dos coches, si pueden pagar y quieren espacio también tendrían derecho al uso de éste.

Hasta ahora todo parecía gestarse de manera autónoma pero: y ¿el gobierno qué? Lo cierto es que en esta historia el gobierno se ha hecho ojo de hormiga. En abril de 2011, el presente año, la mesa directiva preocupada por la posibilidad de tener conflictos con la delegación fueron a la Dirección General de Desarrollo Social de la delegación Coyoacán, donde se tratan los asuntos de las unidades habitacionales, y se entrevistaron con la responsable del ramo, quien de buenas a primeras lo único que les contestó fue “hagan lo que quieran” y los despidió de inmediato, según el testimonio de Don Miguel Hernández, integrante de la mesa directiva.

Empezaron los de la segunda fracción, en una tarde colocaron los límites de sus cajones para estacionarse, inmediatamente le siguieron los de la primera fracción y en poco tiempo comenzaron a aparecer los líderes u oportunistas del caso, Alfredo Gómez comenzó a cobrar en la sección tres con la promesa de asegurar lugares a quienes tenían dos coches, sobre todo si eran sus cuates, después de todo también forma parte de la mesa directiva y aunque tiene cierta fama de transa el cargo le da credibilidad, después de él siguieron el ejemplo otros personajes de las secciones restantes.

Sus compañeros se dieron cuenta, pues la discreción no es una virtud de Alfredo y le reclamaron el hecho, cuestión que no agradó mucho a quienes ya habían pagado por su espacio y decidieron no ceder el derecho ya adquirido. El conflicto llevó a pensar en la necesidad de volver a buscar el arbitraje de la delegación, pero a alguien allegado a Alfredo y sus cuates se le ocurrió recordar que en realidad todos los espacios de estacionamientos eran áreas comunes por lo que si ellos fueran obligados a quitar sus cadenas, también tendrían que ser liberados todos los espacios que se encuentran frente a los edificios. Terrible decisión nadie tendría certeza de un lugar de estacionamiento.

Doña Lupita Alcaraz vive desde hace quince años en la unidad, es la edad de la misma, lo que la hace colona del sitio, ella ha comprendido que la mayoría de los problemas pueden arreglarse entre los vecinos, la falta de atención gubernamental y la participación de los líderes terminan por complicar las cosas, en la reunión de vecinos del 31 de noviembre comentó “todavía no han terminado de poner las cadenas y ya hubo la primera pelea” y es que Luis del 201 de la fracción dos se agarró a golpes con Alfredo porque éste último no lo dejaba estacionar su camioneta en uno de los lugares ya asignados. A La misma reunión asistió Vicente Aguilar, herrero, vive en la quinta fracción, hombre adusto casi nunca sonríe, suele convivir con un cuate que tiene aspiraciones de diputado local y esa tarde parecía burlón y al preguntarle contestó “ya verán cuando le cuente esto al delegado, no le doy mas de un mes a esos tubos y cadenas”.

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