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Rossi: filosofía del polvo recalcitrante

Miércoles 8 de agosto de 2012, por Littura-22

Este incomparable florentino, delgadito, de lentes, que optó por trasplantarse mexicano, tiene esa oscura genialidad que preludió cigarrillo en mano, la era posmoderna. Me lo imagino en bata y pantuflas todo él muy schopenhaueriano, con unas medias blancas para el frío estilo Kant, preparando don Alejandro Rossi su charla para la cátedra en Filosofía y Letras de la UNAM, asomándose café en mano a la ventana de su pequeño departamento de la parte vieja de la clasemediera colonia Del Valle.

Se describe frugalmente así en “Regiones conocidas”, pieza incluida en sus Obras reunidas en el Fondo de Cultura Económica. Con la (auto)ironía en los gruesos anteojos podría ser uno de esos personajes de la vida real que no se sorprendería amanecer Gregor Samsa. Seguiría cafeteramente filosofando.

Para sobrevivir entre ese polvo mi carácter ha sufrido modificaciones y es probable que a estas alturas sea inferior a cualquier expectativa. Me clasifico, pues, como un intelectual de corto aliento; me dedico a las intuiciones rápidas, fulgurantes, esas cuya exposición cabe en unas cuantas frases bien pulidas. No hay recetas para provocarlas, salvo quedarse quieto, inmóvil, sin mover un dedo, corriendo el riesgo, si es de noche, de que también lleguen los zancudos. Sé que por ahí han hablado de una anacrónica vocación para el epigrama. Allá ellos. En todo caso creo conocer mis límites: no soy un descubridor, no soy un inventor, Más aún, con el tiempo he logrado una auténtica repugnancia por las grandes figuras, por los héroes culturales; desde hace muchísimos años mis lecturas se nutren de epígonos, de confortables personajes secundarios cuya luz es un reflejo de los astros. Encuentro en ellos más claridad, más orden, menos impertinencia.

[...]

Quienes me conocen estarán perplejos ante esta prosa tensa, nerviosa y hasta indecisa. Extrañarán la virtud mayor de mi oficio, la enigmática concisión que ha sido mi cruz y mi triunfo: una docena de frases memorables por las cuales he renunciado a las glorias del volumen a la rústica con fotografía en la contraportada. Me preocupan algunos muchachos, esos que con toda sencillez llamaré mis discípulos y a quienes he enseñado la dura lección de que en bocas cerradas no entran moscas.

Pues se salvó don Alessandro de la foto, pero no de la rústica del Fondo de Cultura, y con una impacable (auto)esgrima, remata (gracias Rossi) con esta fulmineta:

Si son estampitas grasientas, son estampitas grasientas. Si son amuletos, son amuletos. Simulo entonces una sintaxis iluminada, pero nunca renuncio a nada. Ni a la vulgaridad, ni a la repetición, ni a las culpas. Me doy por vencido y abandono las moralejas, los saltos mortales, las historias con algún final y regreso –muchachos– a este cuarto en el cual apenas quepo. Saludos.

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