Mistú

Jueves 13 de agosto de 2015, por REDACCION

Mistú

Berenice Pedraza Minor

Mientras escribo este texto tengo a mi lado dormida a Mistú, sí, así es como le nombramos, en zapoteco significa “gato”, quizás con la finalidad de no designarle un nombre relacionado con el ser humano. Porque como dice Pablo Neruda en su “Oda al gato”: “El hombre quiere ser pescado y pájaro, la serpiente quisiera tener alas, el perro es un león desorientado, el ingeniero quiere ser poeta, la mosca estudia para golondrina, el poeta trata de imitar la mosca, pero el gato quiere ser sólo gato y todo gato es gato desde bigote a cola, desde presentimiento a rata viva, desde la noche hasta sus ojos de oro.” Los ruidos de la calle interfieren su sueño, Mistú se estira al desplegar sus patas delanteras por el frente al mismo tiempo que las traseras sirven de apoyo a esta posición para después arquear su columna acompañada de una vibración corporal. Este evento lo relaciono con la “posición del gato” practicada en yoga. La onomatopeya de Mistú es singular, me mira con sus ojos vivaces y verde claro, cuyas pupilas “dejaron una sola ranura para echar las monedas de la noche.” Sus ojos me remiten al sol y a la luna, ya que su pelaje correspondiente a su ojo izquierdo es gris oscuro y el del derecho corresponde al color del oro. Gata de tres colores blanca, gris y dorada, la miro brincar con agilidad gimnástica una distancia considerable al bajar desde el tapanco al suelo y del piso a la parte superior de la alacena. Desde donde observo su figura estilizada, con un movimiento de orejas similares a un radar, alza la cabeza para olfatear que se acerca la hora de cenar. Después de comer con avidez el atún se echa al sillón ronroneando de placer. Me acerco para poder mirarla con más detenimiento, sus ojos ahora son somnolientos, sus pupilas redondas, sus bigotes color blanco hacen una buena combinación con el color rosa de su nariz y los cojines de sus cuatro patas. Se ve tan apacible, una minina que no rompe ni un plato a comparación de los momentos de euforia, cuando se le eriza la cola, corre y brinca por doquier, nada la detiene, hace caso omiso a las reglas, pues no le pertenece a nada ni a nadie, se dice que los gatos eligen a sus dueños. Su naturaleza mitológica se plasma en la figura de la diosa egipcia Bastet, representada con cabeza de gato y cuya misión era proteger el hogar, simbolizaba la alegría de vivir, ya que era considerada la deidad de la armonía y la felicidad. En la Edad Media ser gato significó ser aliado de brujas y del mal, su historia maligna se desencadena en la superstición de asociar el encuentro con un gato negro con la mala suerte. Su gatonalidad actualmente está siendo reivindicada, su mala fama quizás se deba a que “el gato quiere solamente ser gato”. Resumiría a la raza gatuna en el siguiente párrafo del poeta Pablo Neruda: “Oh fiera independiente de la casa, arrogante vestigio de la noche, perezoso, gimnástico y ajeno, profundísimo gato, policía secreta de las habitaciones, insignia de un desaparecido terciopelo, seguramente no hay enigma en tu manera, tal vez no eres misterio, todo el mundo te sabe y perteneces al habitante menos misterioso, tal vez todos lo creen, todos se creen dueños, propietarios, tíos de gatos, compañeros, colegas, discípulos o amigos de su gato.”

Comentar este artículo