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Palabras de Cesar Fernàndez Vàsquez

Viernes 12 de octubre de 2007, por Andrès Fabiàn Valdès

Los íconos

Los íconos sumen en un torbellino dulce y humilde la contemplación del alma. Transportando al vidente a las armonías insondables, inaccesibles por la mente concreta, al mundo que, habitado por la fe, sólo se contempla con el ojo del corazón, con el ojo del devoto, del orador y del amante de Dios. Huyen del mundo sensible y del naturalismo y por la belleza de los cuerpos transfigurados nos llevan a su esencia. El color no se mezcla, la perspectiva es inversa tratando de traer lo que está lejos, el oro es luz transfigurada… mediante estos código-símbolos nos dejan la pauta iluminadora para leer la imagen y contemplar la palabra. El ícono es palabra hecha imagen, traducida a luz y forma; en el ícono se contempla la palabra.

Simplemente, y como humilde profano, persona de este mundo sumergida en sus mezquindades y trivialidades, separada del contexto monástico (en donde fue concebido este arte), y de un mundo contemplativo, dedicado a las prácticas ascéticas, quise alcanzar esta luz, un paso más que como contemplador, como hacedor, pintor y “escritor”, traducir la belleza de un mundo de devoción y contemplación mística, teofánica, y de viaje hacia la Divinidad. De una manera plástica heterodoxa, pero siguiendo las líneas clásicas quise experimentar esta sensación de plasmar algo que aspira a la trascendencia y es por aspiración, intención (al menos más que por inspiración) algo divino.

Siempre pensé, que el arte sobre todas las definiciones y todos los motivos, debe elevarnos, mejorarnos, transportándonos a nuestra naturaleza más elevada; acercarnos, re-ligarnos con el mundo Divino, que està más allá de las definiciones y los dogmas.

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