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La discusión final

Lunes 15 de octubre de 2007, por Andrès Fabiàn Valdès

- ¡Todo es tu culpa! –le enfrento. -Si no te hubieran despedido del trabajo no nos estaríamos muriendo de hambre.
- ¡Callate y dejame de joder!…
- ¡No me callo nada! ¡Esta es mi casa; no la tuya! –Le tiro el sobre con la factura atrasada del alquiler.
- Ah, ¿ahora es tu casa? Sos una hija de puta. –Se me acerca con actitud violenta. -¿Sabés una cosa? Entonces salí a romperte vos el lomo para pagar las cuentas. –Voltea y se va cerrando la puerta de un golpe. Por fin se fue… Pensé que me iba a golpear; está tan agresivo últimamente. Y yo estoy tan alterada; llena de nervios. Un odio enorme me envenena y el corazón parece que se me va a salir por la boca. Suena el teléfono. Voy y levanto el tubo.
- Buenas tardes. ¿Se encuentra la señora Silvana González?
- Sí; ella habla.
- Mi nombre es Fernando Olivera. Soy abogado y le llamo por la cuenta de la tarjeta King’s Club. Es mi deber informarle que la última fecha de pago es el 27 de febrero; le quedan cinco días para saldar la deuda. En caso que usted no abone en la fecha indicada, se le hará juicio por embargo de bienes. Dejo caer mi brazo y cuelgo el teléfono. Me siento agotada anímicamente; angustiada. Me duele mucho la cabeza; me va a reventar. La puerta se abre.
- ¿Quién llamó? –me pregunta.
- ¿Y a vos qué te importa? ¡Dejame en paz de una buena vez!
- ¿Qué te deje en paz?
- ¡Sí! No hacés más que volverme loca.
- ¿Yo?, ¡que no hago otra cosa que soportarte!…
- ¿Soportarme? ¡Si no fuera por mí no tendrías un lugar donde caerte muerto! Se me lanza encima. Me sostiene con agresividad. Me lastima.
- ¡Dejé a mi mujer y a mis hijos para venir a vivir con vos! ¿Y me pagás con una patada?
- Me lastimás… Soltame. Forcejeo. Me aprieta con más firmeza. Sacude mi cuerpo como un salvaje. Me duele. Le muerdo un brazo. No me suelta; ni se inmuta. Clavo mis dientes con toda mi fuerza. Me cincha del pelo. Comienzo a sentir un gusto a sangre. No puedo sacármelo de encima. Quiero gritar de la impresión. Lloro sin poder dominarme. ¡Despierto sobresaltada! Miro rápido a mi alrededor. Aún es de noche; la luz de la luna entra por las ventanas. Sólo escucho el ruido de las cortinas que se mueven por el viento. Todo está tranquilo; sin embargo mi corazón prosigue acelerado. Respiro profundamente. Todavía siento en la boca el sabor de la sangre. Me levanto de la cama y corro hacia el baño. Al mirarme en el espejo descubro que me he mordido la lengua. Debió haber sido por la pesadilla; me pareció tan real… Vuelvo al dormitorio y mientras camino tropiezo con algo. Bajo la mirada y veo sobre el suelo una mano de mi marido; la corro con el pie y la acerco junto al cadáver. Camino hasta la cama y me acuesto con la idea de volverme a dormir. Sé que mañana me espera un día muy complicado.

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