Siniestro

Martes 6 de noviembre de 2007, por Andrès Fabiàn Valdès

La luz de la noche se cuela a través de la suciedad de las ventanas, flotando fuliginosa y lánguida en los corredores, mientras los pasos retumban débilmente, apagándose en los rincones vacíos y oscuros del edificio.

Al subir por la lobreguez de las escaleras, se acuerda del accidente de su difunta esposa. La imagina rodando escalera abajo, girando rápida y tortuosamente, sufriendo los golpes de la abrupta caída, durante el siniestro reventar de truenos y relámpagos en aquella noche en que la tormenta fue testigo y cómplice del crimen. Se detiene, decisivo, impenetrable, abismado en un sórdido recuerdo que cierra sus labios a un mundo de naturaleza ajena, mientras las arrugas de su rostro expresan la indiferencia más acérrima. Observa las sombras inmóviles y aciagas, y recuerda el llamado telefónico en el que le mencionaba a su mujer que no podría regresar del extranjero sino hasta transcurridas un par de semanas.

Escucha un ruido. Un crujir bronco y fugaz. Sin perder la astucia mira con desconfianza hacia su alrededor. Cauteloso de sus reflejos, avanza atento a sus propios movimientos. Saca una llave del bolsillo de su camisa y con cotidiana determinación la coloca en la cerradura de la puerta de una de las oficinas. Abre, pero no entra; apenas entorna la puerta. Se mantiene curioso, a la espera de un sonido inconveniente, de un movimiento delator. El súbito de un grueso crujir pega un latigazo en su estado de alerta. De pronto ve salir a un gato del depósito de la basura al final del corredor. El felino descubre la presencia impostora y huye receloso por el pasillo con una agilidad volátil. El hombre sonríe con austeridad, creyéndose a salvo de inoportunos noctámbulos. Con natural frialdad se pone tan serio como antes y prosigue subiendo por los escalones con pasos que acarician la superficie apenas silente. Llega al sexto piso donde escucha el ruido ahogado de un motor y el forzoso trabajo de unas poleas. Se para frente a la puerta de su departamento cuando le invade una ansiedad por repetir el estéril recorrido, sin embargo, saca las llaves del bolsillo al mismo instante en que se abren las puertas de uno de los ascensores.

- ¿Estarás bien Silvi?

- Sí, no te preocupés, lo peor ya pasó hace meses. -Responde sacando las llaves de su cartera-. Hacer terapia me ayudó mucho.

Ambas mujeres pasan delante de la incorpórea presencia, abren la puerta del departamento y entran.

- Es que fue mucho Silvi: el sorpresivo y violento ataque de tu marido, la caída de ambos por las escaleras y finalmente su muerte. -Es lo último que se escucha antes de que se cierre la puerta.

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