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Extreme piercing / Las perlas del placer

Jueves 8 de noviembre de 2007, por Hijos del Vitriolo

Por Alfonso Morcillo

Michel Foucault afirmaba que los límites no existirían si no pudieran ser transgredidos y recíprocamente si la transgresión tuviese un límite compuesto de ilusiones y de sombras. Muchas expresiones que tienen que ver con el placer y la sexualidad –nutridas ambas por el erotismo y el fetichismo— en nuestra civilización occidental han sido desde siempre reprimidas por unos y ocultadas por otros, dándole razón al filósofo francés.

Ya en el siglo XX escritores y artistas plasmaron en sus obras un tipo de sexualidad sin represión, libre de complejos, por lo que tienen el mérito de mostrar lo que la sociedad en sus respectivas épocas practicaba veladamente. Sade en el siglo XIX y en el XX Henry Miller, Georges Bataille, Jean Genet, Anaïs Nin son sólo algunos de los nombres, muy pocos por cierto. De esta manera la sexualidad empezó a influir en cada uno de los aspectos de nuestras vidas y también como una manera de ver y entender al mundo.

Georges Bataille, por ejemplo, hacía la distinción entre ejercer una sexualidad dedicada solamente a la procreación y preservación de la especie humana y otra de placer sexual –el erotismo— conectada muy cercanamente con el éxtasis y hasta con la muerte. Nuestra sociedad ha condenado al erotismo, al deseo, lo ha subordinado a las necesidades de procreación y en muchas ocasiones lo ha denigrado, olvidado, llenado de tabúes y hasta perseguido de tal manera que el erotismo se ha convertido en algo maligno, marginal.

Asimismo, el fetichismo en este siglo se ha convertido en la principal expresión del erotismo, incrementando la imaginación sexual de quienes la practican libremente; ha creado nuevas sensibilidades y posibilidades en el cuerpo humano con la consiguiente respuesta del stablishment: el fetichismo es perversión y por lo tanto está condenado a la marginalidad aun a pesar de su estética, según Anthony Shelton en su ensayo Fetishism’s Culture.

Para Foucault el cuerpo humano tiene dos funciones. La primera es la genérica, es decir, la relacionada con los procesos biológicos y que en cierta forma se ha institucionalizado. Y la segunda, la del placer sexual, mismo que ha encontrado en disciplinas tales como la sexología, la siquiatría, el psicoanálisis, la dermografía y otras un aliado.

De tal forma que para el incremento del placer en el cuerpo humano existen diversos tipos de perforaciones. En la lengua, los pezones y los órganos sexuales. Uno de éstos es el conocido como love beads o perlas del placer que son inserciones de bolas de acero quirúrgico pulidas o perlas naturales abajo del tejido suelto del prepucio del pene.

Los primeros practicantes de este adorno completamente interno y sin ornamentos externos que puedan perderse o caer son los miembros de la yakuza, una mafia japonesa que se cercenaba los dedos ante el jefe sin tener que mostrar dolor. Muchas veces entraban a la prisión y se hacían este tipo de implantes en el miembro por cada año que estuvieran presos, pero era un método bastante doloroso.

Esta técnica de perforación fue modernizada por Clift Cadaver, quien vivió plenamente la sicodelia de los años sesenta. Cadaver tuvo que investigar las técnicas involucradas en las antiguas prácticas de este tipo de ornamento. "Tradicionalmente, las expansiones de perforaciones requieren de un alargamiento gradual para poder acomodar la joyería más gruesa. Simplemente reemplazar la bola con un diámetro más grueso no funcionaría, la bola continuamente se estaría moviendo en el tubo del tejido ya cicatrizado."

Por lo que Cadaver tuvo que implementar un mecanismo, después de practicar con varios clientes, necesario para encerrar la bola en su lugar y que es prácticamente indolora. Clift añade xilocaína para la lubricación de las agujas y de este modo la anestesia es introducida directamente en la herida durante la perforación inicial. Después se marca con un plumón de punto fino el lugar en que habrá de colocarse la perla por lo que el miembro masculino tiene que encontrarse en plena erección, se marca cuidadosamente el centro y el pene debe regresar a su estado normal para continuar el proceso.

Cadaver usa una lamparita tipo pluma que alumbra el tejido ente las pinzas y permite ver venas y vasos. También utiliza un tubo de acero quirúrgico, como todo el material, para insertar la bola; es "una herramienta que entra suavemente en una aguja de gran calibre y que gradualmente se vuelve acampanado hasta llegar a un punto en donde puede entrar media perla, logrando una inserción tenue. Lo más difícil es insertar la bola. Yo uso un cono un poco más delgado con el que inserto la bola para poderla empujar y mantener entre los dos tubos de metal. Se debe tener mucho cuidado para acomodar la perla en su lugar y para cerrar la entrada y salida" relata el propio Cadaver.

Además, agrega que se debe tomar el tejido justo para encapsular la bola por que si se toma demasiado poco entonces no sobra para encapsularla, y si se toma mucho la bola puede quedar flotando para siempre. Clift Cadaver no ha encontrado nunca entre sus clientes problemas de cicatrización ni rechazo. La única complicación es el síndrome flotador, que ocurre cuando la piel se estrecha (erección) antes de cicatrizar, dando lugar a que la perla solamente se mueva de lugar.

La manera más segura de cerrar la herida es usar cinta adhesiva de mariposa. Cadaver usa hasta cuatro cintas para mantener la bola bien centrada y recomienda a sus clientes no bañarse en las 48 horas posteriores a la operación ya que se debe mantener seca la zona para no mover las cintas de mariposa. Ya después se debe lavar el pene dos veces al día durante cuatro semanas, con suma delicadeza y usar Isodine después del lavado. Durante un mes se debe guardar total abstinencia y no masturbarse con este implante.

Clift Cadaver es, como muchos otros seres en el mundo que adornan sus cuerpos por dentro y por fuera, de esas personas en donde la sexualidad, el placer y el fetichismo forman parte de su vida diaria y la muestran sin pudor y hasta con orgullo. Y qué bueno.

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