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Discursos para un novel dormido

Miércoles 21 de noviembre de 2007, por Samuel Mesinas

La ceremonia anual en recuerdo de la gesta revolucionaria se convirtió en un rosario de buenas intenciones hacia el 2010...mientras Gabo soñaba con las vírgenes de Kawabata.

Tarde de discursos huecos, de bostezos y protestas, de honores a personajes históricos que sólo funcionan para los onomásticos, para sacarse las foto y espetar sofismas aderezados de buenas intenciones.

Tarde donde palabras como democracia, libertad, patria, de ser tan usadas pierden fuerza, valor, sentido, ante un espacio público sitiado, vigilado hasta los dientes, donde el monumento a la gesta revolucionaria se asemejaba más a un bunker que a una plaza cívica construida en memoria del inicio de la Revolución Mexicana, el primer gran movimiento social del siglo XX, sí, antes que irrumpieran los bolcheviques rusos.

El escenario, montado frente al colosal monumento que por algún motivo representó el movimiento libertario de una gesta popular pero devino en un hornato más de los múltiples que tiene nuestra historia, lucía impecable para puesta en escena.

Una locomotora en la parte posterior del estrado, como simbolo del progreso claro de la modernidad porfirista, fungía como parte de la escenografía, y en el fondo, sobre una manta, la sombra esbozada, borrosa, de quienes parecían villistas o zapatistas; al fin sólo recuerdos, iconos que gustosos el neopanismo busca olvidar.

¿Invitados? Los de siempre, todo el neo-gabinertazo, incluidos sus funcionarios menores, Sergio Vela entre ellos, titular de CONACULTA, quien afanosamente platicaba con Teresa Franco, titular del INBA, para distraerse antes de buscar un espacio en la fila al lado de Saúl Juárez, a quien despidió pero con el que ahora tendrá que coordinarse porque es flamante funcionario de los festejos de los centenarios; ambos, atentos para escuchar otro rosario de buenas intenciones que Rafael Tovar y de Teresa recetó a la plana mayor del panismo, diputados, senadores y secretarios.

"Y el pueblo a poco soy yo?", piensa en voz alta una reportera al observar a los invitados, todos de corbata y traje fino, ellas de bolsas Vuitton o lentes Prada unisex, y no encontrar por ningún lado esa multitud tan aludida en el discurso pero invisible en lo protocolario. Porque si algo engendraba a esa masa social en la presentación del plan general de los festejos del Bicentenario y Centenario de la Independencia y la Revolución, eran los informadores que, tal fuera adivinanza, se apresuraban a atinar a la distancia a cada uno de los funcionarios públicos presentes, porque la comunidad cultural brillaba por su ausencia.

“¿Ya viste a Gabo, qué hace aquí?”, se escucha, en un tono alarmado, un susurro que recorre el lugar donde la prensa cultural se encuentra al descubrir una testa encanecida de cabello rizado al lado de Consuelo Saizar y Josefina Vázquez Mota, con quienes animadamente charlaba el premio Nobel colombiano, segundos antes de la llegada de Felipe Calderón.

Por el sonido local se pide a los asistentes ponerse de pie ante la llegada de Calderón, quien desciende de una Suburban con la banda tricolor en el pecho y es recibibido con los honores musicales de la banda de guerra de la Marina.

Trompetas, redobles, clarinetes, al unísono entonan el himno nacional, creando una atmósfera marcial, mientras Calderón avanza y, mucho antes de que comience a hablar de pueblo, soberanía, democracia y dar clases de civismo, en un discurso que arrancó bostezos, la realidad que busca ocultarse con vayas se hace presente.

Entre silencio y silencio de cada melodía, el aire se encarga de traer los reclamos.

“¡Espurio, espurio, espurio!”, se escucha a lo lejos, pero Calderón ni se inmuta, mientras los músicos y más tarde el controlador del audio y el mismo Felipe, suben el tono para tratar de silenciar lo que por todos lados se cuela.

Después se escuchará a Rafael Tovar y sus 400 acciones, repetir una y otra vez que se busca ser incluyente, aunque no asome ninguna cabeza conocida de la oposición, o algún intelectual incómodo.

Nada que no haya dicho ya: rescatar plazas, teatros, hacer infraestructura de carreteras, hospitales, remodelación de Bellas Artes, Museo de Antropología, un museo del cine, parques, editar libros, atender a las minorías, indígenas y mexicoamericanos, colocar placas alusivas a hechos independentistas y revolucionarios; en suma una visión patrimonialista y festiva, igual que en los tiempos de Porfirio.

Y ahí sobre el templete los herederos de aquella dictadura, o al menos sus beneficiarios, entre ellos Santiago Creel, con la sombra de villistas y zapatistas a su espalda, como queriéndolos alcanzar, pero él se aleja montado en su caballo de hierro, mientras, García Márquez cabecea, co- mo una de esas vírgenes dormidas de su querido Kawabata, tal vez can- sado de tanto discurso populista, aunque ahora en voz de la derecha. Así la historia y sus paradojas.

- Publicado en Diario Monitor.

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