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Historieta de una colección / El Víbora / primera parte =reloaded=

Sábado 2 de febrero de 2008, por z. kevorkian

A la memoria de Kivo

Éramos asiduos concurrentes a los reventones en la Carpa Geodésica, en San Ángel, y estaban en su apogeo Chac Mool, Caja de Pandora, Dangerous Rythm -no había mutado aún a Ritmo peligroso-. Ese espacio que empezó como un foro para el llamado “rock nacional”, pronto se volvió en un post-hoyo funky. Primero le caían aburguesados rockeros de Coyoacán, San Angel, Del Valle, pero con el correr de los viernes por la noche y sábados vespertinos le llegaban también compas de barrios diversos a la redonda: San Jerónimo, Tizapán, San Bernabé, Cerro del Judío y hasta santa Úuuuuursula.

Primero eran unos churros antes de entrar o discretamente en las gradas o cerca del grupo, lejos de la tropa de seguridad, pero después el descaro y la banda pesada con sus bolsas de "chemo", sus "monas" de thinner o solvente, y los clásicos azotados, que aparecen en los lugares chidos, irremediable banda carroñera que acelera la decadencia de los antros y acaban con jardines edénicos a botellazos.

Poco antes de que así feneciera la época rockera de la Carpa Geodésica –con una redada de antología, corretiza policiaca, madrazos y todo lo demás–, al terminar un concierto escandaloso del grupo Sacudobotas–, salimos el Fede y yo bastante fumigados, y nos encontramos a dos extraños de apariencia muy ajena al entorno: los dos de estatura mayor al 1.80; uno vestido todo de falso cuero negro, copete enorme, esculpido en vaselina, tez muy pálida, y en extremo flaco, dedujimos que español, por el ceceo. El otro con desparpajo hippie urbano, melena lacia y oscura, detenidos los flecos detrás de las orejas; sudadera enorme y sucia; por el acento argentino.

Salimos antes de terminar el concierto, un domingo, ya cansados del fin de semana, nos abordan, éramos los únicos en el corredor de salida, nos pidieron fuego. El flaco alto se presenta como Kivo, el otro argentino, Carlos, ambos recién llegados de Barcelona, España, dos días antes. Carlos trae bajo el brazo un puñado de historietas muy llamativas. Alcanzo a ver el nombre de la primera: El Víbora. Mi primer contacto con un mundo fascinante, el de los tebeos o comics españoles, que tuvieron su momento histórico tres décadas (1977 a 2000).

Las historias, los dibujos son una trasgresión: los temas de inmersión irresistible, de la mano con un arte gráfico de vanguardia llevado a sus últimas consecuencias en las páginas de El Víbora, Zona 84 y Tótem.

Apostillas

El padre de Carlos era parte de la última generación de exiliados políticos de los regímenes militares de Argentina. Catedrático, viudo, el señor se la pasaba todo el tiempo en la facultad de Filosofía y Letras, marxista él, se ganó una pétrea celebridad.

Habían prácticamente huido del recién estrenado desenfreno español, que a la muerte de Francisco Franco estalló por doquier enlamadrepatria, especialmente en esas zonas de confluencia multicultural como Barcelona. Ramblas, fresco vocablo que escucharíamos con deleitada frecuencia –cada vez que en la pachequez, Carlos Tulio, nuestro novel camarada, contaba con no menor placer.

Más que pintoresco nos parecía irrenunciable su acento de argentino porteño, con una poderosa promiscuidad de códigos lingüísicos: vocablos curiosos, nombres de personajes; diversidad prolija de términos para nombrar una amplia familia de drogas poco conocida y frecuentada en México: ácidos, anfetas, “chocolate”, caballo, y decenas de acciones o modismos culturales asociados con las drogas y las culturas urbanas, y que con gan placer enriquecía con mexicanísimos sustantivos como "mota", y sus derivativos "guarumo", "polvo" y "colas".

Carlos Tulio conoció a Kivo (Félix) en el aeropuerto de la ciudad de México, ambos procedentes de Barcelona, y el contacto fue más que natural. Nuestro amigo sudamericano había frecuentado los más sórdidos agujeros barceloneses y su padre, en un intento por sacarlo de la espiral ascendente de sexo y drogas, aceptó una cátedra en la UNAM, con la esperanza de que la mágica tierra mexicana fuera un bálsamo terapéutico (y vaya que no lo fue, como veremos en el desenlace de esta historia –en lo que algunos eruditos considerarían como el “síndrome Artaud”, para significar la “maldición” que cae sobre ciertos extranjeros que esperan el paraíso y encuentran el Mictlan o infierno azteca en tierras mexicanas).

Se intercambiaron teléfonos y empezaron a conocer la ciudad de México. Kivo nació aquí mismo, pero a los diez años quedó huérfano, y su única familia, en España, lo adoptó, pero por muy poco tiempo, porque a los quince ya estaba en Ámsterdam, admitiendo en su cuerpo toda clase de experiencias opiáceas y psicodélicas, con suficiente impacto para ser desconocido por su católica familia, y más temprano que tarde generó una ficha por narcóticos en la INTERPOL, y brincó a Londres.

Se cortó la cabellera hippie y ropas de apestoso pachuli para abrazar el cadavérico advenimiento del punk, rompiéndose el hocico a cadenas y botellazos en los conciertos de Sex Pistols, The Clash, The Damned, The Dictators… Emborrachándose con ellos, compartiendo pussy, agujas y puñetazos.

Tuvo que huir de regreso al continente y pasearse hasta Alemania, donde conoció en fiestas de coca y anfeta a Nina Hagen y su banda, en lo que engordaba la ficha policial: cargos de drogas y violencia callejera. Ámsterdam, Bruselas, París, Madrid, Barcelona, Argelia, Marruecos, y de nuevo en Bruselas hasta que fue deportado, con clave de alerta, de país en país, hasta que a los treinta y seis años, terminó en la situación inversa que un cuarto de siglo antes: la necesidad le ponía en busca de familiares en México.

Tíos de clase media por el rumbo de San Ángel, en la avenida Río Magdalena. Todos los días hablaba por teléfono con Graciela, una madrileña de temperamento morisco, y disfrutaban de largas sesiones de masturbación vía telefónica, de quince, veinte, y hasta cuarenta minutos. Sólo duró mes y medio con sus tíos mexicanos porque cuando llegó el recibo telefónico le comunicaron amablemente que lo mejor serçia que pusiera su abusivo trasero fuera de esa casa, al negarse a pagar una docena de llamadas del equivalente actual de 3 mil a 6 mil pesos cada una.

Kivo contaba previamente con una agenda oculta, una estrategia de emergencia, que orbitaba en un exótico material de importación: un rollo de 4 mil piezas del más puro ácido lisérgico, procedente de Ámsterdam: un rollo de cinta adhesiva con cuatro millares de lentejitas de LSD 25, que podían valuarse en una pequeña fortuna.

Ese domingo cuando nos despedimos de Kivo y Carlos, al pie del monumento de "la mano" de Obregón, el Fede y yo teníamos cada quien en el bolsillo una de esas poderosas hojuelitas de pasta dura . Parecían de plástico, y nos ensombreció el pensamiento de que fuera una estafa, luego de examinarlas durante horas al llegar a la casa, en mi cuarto, y al examinarlas en la lámpara de luz negra, parecían destellar como pantallas en cabezas de alfileres, mltifacéticos alephs (a la Borges, por supuesto), con una serie de imágenes, fractales multicolores que bailaban en nuestros humeantes cerebelos, con las portadas de esas revistas de Carlos -que hojeamos en la cafetería del Sanborns de San Ángel mientas compartíamos nuestras más desaforadas tonterías. Dos días después conocimos el misterioso y bizarro baúl de Carlos, en una nueva y pacheca serie de núbeas, labregonas ensoñaciones colectivas de ocio, en casa de Carlos, mientras su papá celebraba El Capital con los hippies anarquistas de la UNAM.

Segunda parte

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