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ARTE, SALUD MENTAL Y LOCURA, Enrique Guinsberg

Lunes 17 de diciembre de 2007

Arte y Locura. Una serie de trabajos que alumnos y catedráticos de las carreras de Comunicación Social y Psicología de la UAM Xochimilco han realizado para Clon. El primero de ellos es de autoría de Enrique Guinsberg, Psicoanalista, Maestro en Ciencias de la Comunicación, Doctor en Estudios Latinoamericanos. Profesor Investigador Titular en la UAM-Xochimilco. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

ARTE, SALUD MENTAL Y LOCURA

Muchísimo se ha escrito sobre los vínculos y relaciones entre lo indicado en el título de esta nota, pero el problema sigue siempre en pie con el constante debate entre quienes consideran que toda creación artística es parte de la “locura”de quién la realiza –sea clara y explícita o expresión de ella-, mientras otros, sin negar que pueda darse, opinan que la mayor parte es producto de artistas “sanos” o, al menos, poseedores de importantes grados de Salud mental. Por supuesto ambas posturas ofrecen infinidad de ejemplos para demostrarlo, sobresaliendo entre los primeros la de Van Gogh que, no casualmente, fue usada como portada del módulo antes llamado Pensamiento y Creatividad de la carrera de Psicología de esta Universidad, donde justamente se estudia psicopatología«1».

En importante medida la discusión parte de la escasa claridad de conceptos en torno a qué se entiende por términos tan importantes como salud mental y locura, así como a las características de ambas, pero excede en mucho a tal indefinición para centrarse en los señalados vínculos, así como en las características de lo que sentiende como específico del ser humano.

No este el lugar para repetir una vez más lo tantas veces dicho«2» acerca de la multitud de definiciones de salud mental, la inexistencia de una real para el campo psicoanalítico (que prefiere la noción de conflicto psíquico), así como la dominancia de una postura estadístico-adaptativa que busca asimilar salud con normalidad, término ambiguo y confuso que no es más que no es más que un referente estadístico que indica formas mayoritarias de cada sociedad que son consideradas “adecuadas y sanas” por ser justamente mayoritarias.

Pero sólo de esto último surgen preguntas importantes: ¿puede ser una obra de arte expresión de una postura o cultura mayoritaria y tradicional?; y en caso afirmativo, ¿cómo puede entenderse que enormes obras de arte hayan sido en su momento expresión de una ruptura con el arte precedente, es decir diferente a las normales de su época, con las convulsiones que provoca, para abrir una perspectiva distinta que, más temprano o más tarde, es también rota para abrirse a nuevos rumbos, y así sucesivamente? No es el caso de dar ejemplos, del que sólo se ofrecerá uno, el de Beethoven con la música, que comienza con el estilo de sus maestros Haydn y Mozart, para luego abrir lo que se conoce como romanticismo, en una franca ruptura con las formas clásicas precedentes, estilo en el que escribe obras fundamentales de su producción, entre otras las últimas sonatas para piano y los últimos cuartetos de cuerdas, que resultaron difícilmente comprensibles para los oyentes de su época, pero que hoy no lo son para el pùblico presente, a su vez acostumbrado a formas musicales posteriores marcadamente distintas. De manera similar ha ocurrido en todos los terrenos artísticos a lo largo de la historia, con todo lo que significa cada ruptura y el más o menos lento acostumbramiento que ello implica«3».

Y, por otra parte, es indudable que no toda obra artística es producida por actos de locura, como puede verse fácilmente en las producciones de los pacientes de hospitales psiquiátricos, sin que esto signifique desconocer una real o potencial búsqueda, o incluso una creación valiosa. Casos como los de van Gogh, y tantos otros, indican que el problema es mucho más complejo que ubicarse en una de ambas posturas dicotómicas, o sea el de la “salud mental” o el de la “locura”, y sobre esto pueden ser útiles los aportes del psicoanalista Enrique Pichon Riviere, que ha estudiado el problema y lo ha abordado desde su amplia experiencia clínica, junto a hacerlo a través de la obra de Isidoro Ducasse, conde de Lautreémont, creador de Los cantos de Maldoror, un libro considerado de un “loco”, que murió jóven y perseguido, así como por haber defendido a internados en manicomios pero que tenían importantes obras artísticas. Y considera válido su aporte porque entiende que “la ciencia y el arte no son opuestos, son dos categorías que, ytansitados sin miedo, con la debida profundidad, entrega, y sed de aventuras, nos internan en el mismo misterio”. Por ello, dice, ha “realizado el esfuerzo de lograr una síntesis, bajo el común denominador de los sueños, y el pensamiento mágico, entre el arte y la psiquiatría”«4».

Los vínculos son muchos. Reconoce que “muchas cosas que serían siniestras en la vida real no lo son en el arte”, además de que “la ficción dispone de mayores posibilidades para provocar efectos siniestros por tener medios que no existen en la vida real, cotidiana”«5». Medios que el artista sabe manejar a través “de la elaboración conciente de lo inconciente”, o sea “transmitir al espectador en lo objetivado, una realidad particular de armonía, y de movimiento, con un plan y una estrategia bien definidos, lo que no sucede en las creaciones de los alienados; hablo en estos casos de ‘arte patológico’ o ‘imaginería de los alienados’. Dicho de otra manera, “en el artista normal el proceso creativo se da en forma controlada y es definitivamente temporario, en cambio en el alienado es más automático, más permanente, y en cierta medida, más necesario. La obra del alienado participa más de las características del pensamiento mágico, la del artista normal no carece de magia, en tanto también él trata de terner un dominio y control sibre este mundo, pero no crea para transformar el mundo exterior de una manera delirante, sino que su propósito es describirlo a otras personas sobre las que trata de influir, teniendo la tarea de un significado definido. Aprende, progresa, haciendo ensayos, sus medios de expresión cambian, su estilo puede transformarse en tanto no está estereotipado en ninguna imagen o situación”«6». Y lo ejemplifica con Artaud que, venciendo su enfermedad, “logra un alto grado de poesía”, mientras un alienado intenta decir algunas cosas pero que no es poeta ni lo será, simplemente busca expresarse sin ningún fin o meta estética”. En otro momento Pichon dirá que el alienado ha perdido su conciencia crítica, “no tiene entonces ideología, carece de ella”«7».

Otra diferencia fundamental es que el artista normal logra la unidad, armar lo que previamente desintegró, algo que no consigue el alienado, entendiendo Pichon que “la unidad es la superación dialéctica del caos”«8». Y lo ejemplica con Picaso que en muchas obras aparece como carente de unidad, pero que no es así: “Un análisis profundo nos permite comprobar que es un artista que ha tomado su obra como camino de investigación y que ha descendido a las etpas más regresivas de su propio inconciente. Pero no se ha perdido, no ha muerto, no ha enloquecido en su viaje, sino que ha encontrado allí la raiz de su unidad, más dolorosa pero no por ello menos vital y comunicante, como se da en su Guernica, es decir no ha sucumbido ante la enorme presión de su propio inconciente, como sí sucumbre un artista psicótico porque este no es capaz de exteriorizar su inconciente, tampoco puede ptoyectar su emoción como una forma de vivir y de compartir el mundo que lo rodea«9».

Claro que Pchon Riviere comprende que hay otras relaciones entre arte y locura, ya que siendo el artista un sujeto de anticipación y de cambio, puede hacer que la sociedad lo vea como alienado por no comprenderlo (tal como ocurrió en los ejemplos antes citados). En este sentido dirá que no hay incomunicación del artista sino “dificultad en la comunicación, debido a que lo nuevo del mensaje que implica su captación por parte del receptor. El arte típicamente alienado carece en general de valor plástico, no hay propuesta dinámica de cambio sino estereotipo, no hay unidad sino caos, no hay dificultad en la comunicaciòn sino falta de comunicaciòn” «10».

Mucho más es lo que estudia este autor, y sin duda alguna sus opiniones son para tener en cuenta frente a esta problemática. No para asumirlas de manera absoluta de la manera que los dogmáticos hacen respecto a quienes siguen, sino para analizarlas, cuestionarlas e incluso polemizar con ellas. Y teniendo en cuenta otra formulación del mismo: “Estamos aquí transitando un terreno muy resbaladizo y no explorado totalmente”«11»

1. Extraño nombre del múdulo, hoy cambiado por el más preciso de Conflicto psíquico, salud mental y sociedad

2. El lector interesado puede ver mi libro Normalidad, conflicto psíquico, control social, Plaza y Valdés / UAM-Xochimilco, México, 1ª ed. 1990, 2ª ed. 1996; el primer capítulo de La salud mental en el neoliberalismo Plaza y Valdés, México, 1ª ed. 2001, 2ª ed. 2001, 2ª ed. 2004, y el artículo “Introducción a las nociones de salud y enfermedad mental” en el libro digital Escritos desde un psicoanálisis no domesticado, en el sitio web de Carta Psicoanalítica (www.cartapsi.org).

3. Un interesante ejemplo es el de Stravinsky y su Consagraxción de la Primavera, obra repudiada de manera cviolenta por el pùblico el día de su estreno por romper con los cánones tradicionales de su época respecto al ballet, y que hoy es considerada una obra clásica del mismo.

4. Zito Lema, Vcente, Conversaciones con Enrique Pichón Riviere, Timermam Editores, Buenos Aires, 1976, p. 36. Por supuesto él fue parte de una psiquiatría abierta y crítica, muy diferente a la clásica y tradicional contra la qie se rebeló. Fue además un importante psicoanalista.

5. Idem, p. 45.

6. Idem, p. 129-130.

7. Idem, 138.

8. Idem, p. 135.

9. Idem, p. 135.

10. Idem, p. 136.

11. Idem, p. 136.

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