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La profundidad de una foto

Jueves 20 de mayo de 2010, por Andrès Fabiàn Valdès

La profundidad de una foto

El primero de Mayo del año 2000, estaba corriendo frente a la marcha de trabajadores. Ya no sabía a qué sindicato pertenecían, ni importaba ya. En el momento en que nos asentamos en la plancha del Zócalo de la Ciudad de México, se armó una revuelta entre periodistas y en el momento menos esperado, una cámara de televisión me pegó en el rostro y fui a dar al piso. Ahí, en medio de la confusión, tratando de proteger mi equipo, pensando que me agarraron de sorpresa, vi a un niño llorando en el piso, igual que yo. Le di click a la cámara mientras él, gateando, le gritaba a su mamá. No tendría más de dos años, ningún adulto le hacía caso, algunos incluso le pisaron. Después unas manos lo recogieron y ya no lo vi. Me levanté, vi con terror que mi lente estaba agrietado en un extremo, lo acaricié, lo cambié y continué con mi trabajo. La mejor toma de ese día, es la del niño. A través de los cientos de personas que aullaban, corrían, sacaban mantas pidiendo atención, nadie le hizo caso a la soledad del pequeño que me regaló una de las mejores fotografías de mi carrera. Luego supongo que él no se enteró, pero estuvo expuesto desde la Casa Jaime Sabines, hasta la Delegación Tlalpan.

Al día siguiente, regresé a recoger imágenes del mismo lugar un poco más tarde. El día era tranquilo, frío para ser Mayo, los camiones de basura no se daban a basto, los ambulantes tapando el paso de diferentes calles, algunos danzantes iban invocando a algún dios mientras pedían dinero, los policías esperando que algún ingenuo cayera en sus redes, todo normal. Entre el Templo Mayor y la Catedral, había un puesto de periódicos, mucha gente humilde, turistas, y yo, acompañada de mi cámara y mi lente convaleciente andábamos buscando, como siempre, algo que valiera la pena. En realidad todo vale la pena, creo yo, si sabes mirar. Y ese día un espectro salió a mis ojos en medio de un tumulto de boy scouts y americanos con equipos, por cierto, mejores que los míos. Una mujer, envuelta en un rebozo negro, acunando a un niño del que apenas se notaban sus pequeños pies, tarareaba una canción inexistente entre todas las voces. No recuerdo en qué momento alcé la cámara, ni creo que ella se haya dado cuenta jamás de que esta testigo la estuviera registrando. Así, repitiendo la historia del día anterior, cosa extraña y afortunada, a través del rostro cubierto de luto, en aquella negrura, se reflejó la alegría de toda la gente que circulaba por ahí sin darse cuenta, si quiera, de aquella efigie dolorosa. No había que entrar a la iglesia para ver una representación del dolor.

Algunos meses después, esta mujer, acompañó al niño en exposiciones, revistas, páginas web y un despoblado en medio de la ciudad más habitada del mundo.

Sandra Becerril

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