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El encierro

Lunes 16 de junio de 2008, por Andrès Fabiàn Valdès

Luego de catorce horas de partir piedras y cargarlas al hombro para apilarlas dentro de una volqueta, éramos obligados a caminar en círculo durante una hora, respirando el aire húmedo y gélido del patio. El resto del tiempo estábamos aprisionados en celdas constreñidas y pestilentes, en el abandono más miserable. Dormíamos sobre un suelo tan frío como una tumba y comíamos de alimentos descompuestos y agusanados, siempre bajo la tenaz vigilancia de los guardias que aprovechaban cualquier movimiento ajeno a la monotonía para inventar una infracción y así infligir severos castigos físicos o psicológicos. El fundamental motivo de las represiones consistía en la degradación física y en un deterioro mental desgarrador. Sin embargo, sin mérito de violencia, ningún castigo tenía la capacidad de alteración como el repugnante olor a materias putrefactas, en el que el vaho de las secreciones humanas: heridas virulentas, transpiraciones y excrementos, se mezclaba con los insalubres vapores de las cocinas. El hedor espeso y flotante invadía las dimensiones del perímetro celular, que recibía oxígeno del patio sólo por una rejilla de ventilación, por cierto, bastante obstruida por la suciedad.

Las celdas, de unos dos metros de largo por un metro y medio de ancho, con un cielo raso completamente invadido por hongos, que no llegaba a superar la estatura de los guardias más bajos, estaban abismadas en una oscuridad densa y asfixiante. El aciago ambiente era atenuado por la borrosa luz del corredor al filtrarse por una angosta hendidura ubicada sobre la plomiza puerta de metal, que se abría sólo durante las rigurosas inspecciones, y cuando uno debía enfrentarse a los desalentadores recreos y a los agotadores trabajos.

Contemplando aquella tiznada luz que se colaba como un espectro de la misma muerte, quizás desde otro pabellón, mil veces pensé en la manera de quitarme la vida y mil veces me consolé escuchando los agónicos lamentos del sufrimiento ajeno. No estaba solo.

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