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Palabra, silencio y locura: Alejandra Pizarnik.

Martes 18 de diciembre de 2007, por Sandunga

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Alejandra Pizarnik

El poeta, como delegado del arte, es tan identificado con el uso del lenguaje como cualquiera de los artistas que hacen de la literatura su estandarte, pero no necesariamente debemos entender que el lenguaje se limita a las palabras. Con su bella colaboración en su artículo “Palabra, silencio y locura: Alejandra Pizarnik”, José Antonio Maya González, ayudante del Área de los Procesos Grupales Institucionales y sus Interrelaciones del Departamento de Educación y Comunicación de la UAM X, nos lleva de la mano por un camino sinuoso de silencio y palabra. Con una prosa melodiosa, Maya nos muestra el lenguaje desde su posición de productor, de creador; como el dios, el poeta es creador, de su mundo con su orden y estructura, floreciendo de su propia subjetividad en complicidad con su inconsciente. Como el dios, el poeta, al asignar las palabras, asigna también el ser, su ser y hacer. El poeta es como el domador del lenguaje, mientras éste al mismo tiempo nos hace humanos, es inherente al hombre como tal: no hay sujeto sin lenguaje. Bajo esta premisa, encontramos entonces la posición del ajeno al lenguaje, aquel que no está enlazado a la sociedad, sí, en efecto: al loco, el enfermo mental. Podríamos vernos aquí en una derivación: ¿qué pasa entonces con el silencio? ¿Dónde queda? ¿Significa entonces que el silencio pertenece a la locura? No precisamente. Maya, nos da cuenta del verdadero peso del silencio, no como significado de soledad, muy al contrario, como la continuación del lenguaje hablado. Mientras que éste se identifica por el sonido, el silencio es la ausencia de éste, ausencia de la palabra que a su vez, significa. Encontramos así, que la escritura está dentro del campo del silencio al carecer de sonido, pues se puede decir que es el sonido convertido en signo, símbolo y significado. La escritura es el arma del poeta, es el puente entre la palabra y el silencio, el límite. Así, pues, el poeta, lleva al lenguaje a sus límites, hace renacer el lenguaje del mismo lenguaje, el poeta es capaz de tocar lo inasible. Sin embargo, muchas veces, el esfuerzo tirante de éste equilibrio entre palabra y silencio arrastra consigo al poeta, y lo vuelve preso. Tal vez el caso de Alejandra Pizarnik, de quien Maya hace un análisis. Esta poeta argentina, nació en Buenos Aires en 1936, en una familia de inmigrantes judíos de Europa oriental. Estudió filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires y, más tarde, pintura con Juan Batlle Planas. Entre 1960 y 1964, Pizarnik vivió en París donde trabajó para la revista "Cuadernos" y algunas editoriales francesas, publicó poemas y críticas en varios diarios, estudió historia de la religión y literatura francesa en la Sorbona. Luego de su retorno a Buenos Aires, Pizarnik publicó tres de sus principales volúmenes, "Los trabajos y las noches", "Extracción de la piedra de locura" y "El infierno musical", así como su trabajo en prosa "La condesa sangrienta". Desgraciadamente (o afortunadamente) sufría de profundas depresiones, las cuales la llevaron a varios intentos de suicidio, e incluso a la reclusión en hospitales psiquiátricos, finalmente, el 25 de septiembre de 1972, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica psiquiátrica donde estaba internada, Pizarnik murió de una sobredosis intencional de seconal. ¿Es éste el precio de vivir una sensibilidad creadora como la del poeta? Antonio Maya, hace una breve antología de las frases contenidas en los poemas de Pizarnik, tratando de descifrar cómo fue que el significado del silencio en las palabras de la autora, le destinaron tal final, al ser la palabra su prisión y su salvación.

Si es tu deseo leer el artículo completo, lo encontrarás en el documento que está añadido a éste artículo.

1 Mensaje

  • Palabra, silencio y locura: Alejandra Pizarnik. 1ro de octubre de 2008 13:02, por Evelyn Reyes

    Me parece muy aventurado pensar que la locura es deveniente de una falta de enlace o vínculo, con el lenguaje.
    Es precisamente ese vínculo que se tiene con este, que posibilita hablar de "Dios" en la locura, o "globalización" o cualquier signficante que se pueda poner ahí.
    Es debido a que el "loco" se vincula con el lenguaje, que este puede articular aquellos discursos que pueden parecer incoherentes, pero que de ninguna forma carecen de lenguaje, sino que se encuentran vinculado con este, bajo una estructura diferente.
    Parece ser que no es la falta de palabra lo que articula la locura, sino la posibilidad de relacionarse con esta, aunque de una forma Otra.
    Por otra parte, las palabras de José Antonio Maya me parecen aún más puntuales, y cuidadosas, pero sobretodo, llenas de gracia y armonía al instante de articularse. Exelente artículo "Palabra, siliencio y Locura".

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