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El teatro de la activación

Jueves 11 de septiembre de 2008, por Coro de Babel

El teatro es pocas veces utilizado para una manifestación social ante la marginalidad, la opresión, o la inclusión de las personas, lo que se observa es que el teatro habla para el teatro y se aleja de aspectos necesarios como ser la voz parlante de sucesos que ocurren en un determinado país. En América Latina es muy importante el Teatro Comunitario, como el Teatro del Oprimido, ya que vivimos en sociedades convulsionadas y con grandes periferias de exclusión y pobreza. Distinto de los países de Europa que aparentemente no hacen un teatro tan político y social como se hace en nuestro querido Continente, digamos que se trataría de un teatro que intenta mirar hacia el pasado y proyectar hacia el futuro, pero inevitablemente también es un teatro que no deja las huellas de un presente que se ve sin perspectivas futuras. Hay un teatro con historicidad constante en tratar de capturar hechos que trascendieron hace varios años, aunque estaríamos hablando más de un teatro histórico o arqueológico, distinto de un teatro político que particulariza en situaciones del presente.

Hoy estaríamos necesitando un teatro de escucha profunda y sincera para divisar hechos que necesitan ser analizados sobre un escenario democrático y pacifico, desnudando la urgencia de que el teatro vuelva a ser el deseo de los ciudadanos, descubriendo realidades actuales. El teatro merece una renovación en las ideas, en la concepción de mundo, como una suerte de intervención social para la mejora del hambre, la violencia y la marginalidad. Para todo ello debemos volver a un proceso formativo de investigación, penetrar los lugares más oscuros de una sociedad fragmentada y desequilibrada. Pero para ello el teatro no puede estar intervenido por un estado político como ocurre en muchos países de América Latina, porque de esa forma silenciaran los defectos de esa dirigencia, estando de ese modo al servicio del poder y no del pueblo.

Casi como Aristóteles que propone la independencia de la poesía de la política. Es decir, en realidad necesitamos de un teatro político y no de un teatro politizado e idiotizado. Volver a ese teatro de la escucha, es prolongar la vida de nuestro teatro si verdaderamente queremos que ese teatro sea un derecho del mismo y no una cola de la política verticalista que no contribuye con el arte si no con el clientelismo y el absurdo embudo de nuestros lamentos. Por ello un teatro activo, en pleno movimiento, con convicciones y principios que no se traicionen, será un teatro que se proyecte hacia la revolución esperada.

Por Fernando Zabala

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