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¿Vives aún?

Sábado 10 de enero de 2009, por Hipòlito J.S.

Traigo el odio cansado, eso, ahora, sí lo sé, estoy absolutamente seguro.

Ya sé, no debiste reclamarme tanto (¡ajá!), pero no, no te he dejado en el rincón del yanimeacuerdo, no, pero tú sabes, no podía dejar de aprovecharme del apapachobecho de los viejos. “Jacarandoso”, así dijo la tía Ifigenia el día de reyes, cuando le pregunté cómo se le habían figurado estas festividades. Comparto su jacarandoseo. No sé si comiences a imaginar cómo estuvo la cosa…

trago, casi corriente de agua sin caudal, que si los viejos amigos “ándate, pásate por un pulquito, ora, jalisco no te rajes”, “órale, pus hace cuánto no te visentiamos por acá…naaa seguro nos asdever agarrado ojeriza”, “no te infles mano”… Linduras de ese tipo me invitaban cada día de rasposo reposo en el Zumpango, pueblo de maravillas, cada vez más cercano al smog y los cafés internets, pus de dónde crees que te estoy escribiendo…

Sigamos.

Comida, para formarse, formarse, formarse, volverse a formar hasta ser acusados por intento de homicidio (claro, no doloso) por aquel a quien le atinaste con el botón de tu camisa reventada, y en dado caso, si se sufre de problemas de desalojo, se pudo estar al borde de la apendicitis, como casi casi le pasa al tío Lupe, que tiernamente confundió un sabroso atascón de mole verde, con un alarmante cuadro de apéndice al borde del estallido… finalmente, como lo veníamos sospechando luego de ver su habilidad con el tenedor y la tortilla salidita del comal, fue sólo la incapacidad de poner en paz su vientre hambriento.

En verdad se pone bien. La gran mayoría de los vecinos, allegados y anexas, se discuten con el platillaje, además de que como la tradición no perdona, cada posada se celebra en casas distintas. Piñatas casi puercoespines de tanto pico, colores de plano chillantes, y “confites y canelones para el tío Lupe que no aguanta la agrura”. Luego de sendos palazos y sobrevivencias de entre aquel escombro humano encima de ti tratando de agandallar el premio, el ponche se hace presente, y ahí si que no hay nada como el brebaje preparado por mi amá, te lo había dicho, no. Olor de almíbar hirviendo, casi como un perfume de la noche de diciembre, casi como un embrujito que nos apacigua, porque a la hora del ponche todos cierran los picos y se ponen a sorber de a poquianchis porque quema. Y los platillos ya esperando, calientes, en sus vestidos de barro, tremendos cazuelones; y dirás que exagero, pero no, habrías de ver cómo se consienten en estas fechas, de agasajo. Chicharrón en salsita verde, picozona, no mentiré, me escaldó la lengua a lo bruto; claro, tortillas “de las grandotas”, palmeadas por la tía Ifigenia, kilos de masa y cal, sabor casi de comal, caliente, guardando el fuego, energía que nos anima, por eso somos tan tortilleros, además de todas esas lujosas propiedades que se empeñan en mostrarnos en revistitas y libros de culinaje, tragamos tortilla como si fuera el último día porque muy en el fondo sabemos que sí, sí, posiblemente sea el último, si no me crees, observa a alguien, quien tú quieras, cuando toma una tortilla y la enrolla, con o sin sal o salsa o aguacate, verás la concentración con que lo hace, quizás no se ponga los dedos en las sienes, arribita de las patillas, o de pronto levite como esos de las películas re alucinadas que tú ves, no, no de esa concentración, verás como se empeña en enrollar de manera delicada, podrás mirarlo y a él no le importará tu gesto, se estará concentrando en la pequeña creación vaporosa envolviéndose entre sus manos, verás, lo verás. Vendrá entonces la primer mordida; en su interior, la tortilla tendrá ese calorcito de nuevo, de único e irrepetible, entonces, podrás darte cuenta que sin sonido alguno (si es que no tiene chicharrón, porque ah cómo truena) la tortilla comenzará a hacerse menos y el que la come, ¿cómo dicen los fanfarrones?, ¡el comensal taquiento!, se sentirá un poco más aliviado, más completo. Luego, otro taco y otro.

Igual y el alivio es porque toda la tarde se la pasa uno con la panza en circo de lombrices y llaneras solitarias, pero a poco no se oye bonito. ¡Pus voy!

Traigo el odio cansado de tanto comer. Mareado de tanto beber. Estúpido de tanto ser yo, yo en mi pasado, en esos lugares de vez en vez, los viajes de visita. Podrás creer que todo fue felicidad acá, pero no, no puedo evitar la cosquilla de querer olvidarme de éste que soy cuando no soy el de allá, supervisando a las rechonchas, mirando fijamente los miles de perfiles que la Magos siempre está inventando y los otros miles que yo le invento, guardando mis parpadeos para un día dárselos todos. No, acá, aquí soy de nuevo el Pollito, y sabes cómo me revienta la glándula eso. Estos últimos días, en que la mayoría de los primos se ha regresado a los yunaites y las casas se ponen serias, de radio descompuesto, me da por conectarme a mi aipod, pero te vas a arrepentir, cuando veas que no es nada, tu riqueza comparada, con lo que yo a ti te di… no pretendo ser tu dueño no soy nada yo no tengo vanidad… te gustaría verme tirado en la banqueta todo despanzurrado y haciendo bizcos… no no te preocupes por mí aquí todo sigue igual como cuando estabas tú…, me desconecto y me doy cuenta de mi profunda relación con este lugar al que, como si fueran en sueño, quiero volver sólo para reafirmarme no volver, sí, por más tonto que te parezca, a veces hay vicios a los que forzosamente nos aferramos para no ser un tanto más mierda (perdonarás mi rabiesilla).

Qué te digo, qué te digo.

Por hoy me voy, ya te habrás dado cuenta que la Magos todavía me trae de un ala, y pues sí…uf, no, no sabes, el mero primero que le hablo ya bien cuete como a las cuatro de la mañana, quesque nomás para decirle que se la pasará sabroso en éste nuevo año… ¡claro!, con toda naturalidad me mandó al carajo, diciéndome que luego hablábamos con más calma, cuando no estuviera…¡borracho!, puedes creerlo. En fin, tendré que lidiar con eso y más a mi vuelta.

Te dejo unos abrazos.

Sincero.

Hipólito Juárez Saavedra.

Pd. ¿Cómo la pasaste tú?

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