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¿SE PUEDE?

Jueves 29 de enero de 2009, por Hipòlito J.S.

En verdad que cómo los odio. Son momentos que no están en las gentes, sino están en mí. Esas veces en que todo se vuelve una oscura y terrible pintura de iglesia. Todo a tu alrededor se convierte en un ambiente listo nomás pa´ chingarte. Pero sabes que no son las gentes, ni los sonidos, ni el chicle en la boca del señor reventando tu delicado tímpano; eres tú y tú, yo y yo, en este caso. Verdaderos Momentos, diría, por lo regular vividos en la calle, en los transportes. ¿No te ha pasado? Sí, sin pensarlo, mientras miras por la ventana de la micro o la combi, (he de confesarte mi inclinación casi enamoradisca por las combis, me parecen totalmente íntimas, estás, aunque no quieras, mirándote con el denfrente, el de al lado, por más que quieras perder tu mirada en la calle no puedes, de repente choca tu vista con los demás. “Le pasa uno por favor. En la lechería... en la funeraria...ahí en la rosticería... ¡aquí en la vidriería!”. El momento de pasar el pasaje es tan padre como asqueroso, pues me ha tocado pasar las monedas de a cinco todas acuáticas, re te bien sudadas… pero, también me ha tacado rozar la mano de la dama rubia sentada en el asiento lateral y que no he dejado de ver, con diez varos de discreción, desde que subí. Además, para mi tamaño, las combis tienen las medidas perfectas, no estorbo, quepo entre las meganalgas de la doñita olor a vinagrito y los huesos de la colegiala piernas de hilo. Lo que sí luego se pone grueso es cuando el motor anda medio mal y el humo te entra hasta por las orejas, vaya, si no lo has experimentado, es algo así como una encerrona casi mortal), ya medio me perdí, pero te decía que si no te ha pasado que cuando ves por las ventanas sin hacerle caso a los como verán no soy un buen payasito…una oferta una promoción…en esta ocasión le traigo…va calado va garantizao, porque no es obligación andarlos viendo, por más que se ofendan, uno trai sus pensamientos y sus cosas y encima venir a aguantar al de los chiste guangos, pues como que no, mejor, como decía, te pones a pensar la bola de burradas posibles y de pronto, te das cuenta que hay momentos para odiar con ganas, pero son momentos en soledad, sin nadie, en los que no tienes invitados más que tu soledad, tu mera e ingrata soledad.

Y es esa soledad, esa cosa como el chicle que te pasas y crees haberlo mandado al jugo gástrico: inframundo de los alimentos, y te crees aliviado, pero luego un ligero asco acompañado por una sensación de tener un obstáculo en la garganta que no deja pasar la saliva te recuerda que el chicle nomás no se va y no tiene pa´ cuándo. Una rareza un tanto incómoda, saber que estás ahí, sentado o parado en el transporte, viendo y viendo, sintiendo, cuidándote de las manitas mañosas y los dedos más rápidos de la ruta, allí, entre tanta gente, tantos sin conocer, tan acompañado, tú vas con el chiclote atorado en la garganta por más saliva que pasas, y entonces vienen los Verdaderos Momentos:

Créelo, odio mi soledad. Esto no tiene nada de malo. Así como odio mi soledad (entonces un tanto también a mí), odio, recontra odio a la Magos, su maquillaje dejado en el teléfono cada vez que cuelga y lo acomoda con sus manos largas y delgadas, calidas como tortilla salida del comal… me da por imaginar que sus manos huelen a guayaba, a lo mejor, porque de entre todas la frutas la que me parece más olorosa es la guayaba, y me encanta, y ella, sus manos, sus pies, sus axilas, su sudor, deben oler a guayaba, ese olor único más venerado por mí. No, no estoy encaramado como dices tú con tu fanfarrona voz, no, estoy encandilado, enamorado de su voz repitiendo tonos automáticos, de su risa, su maldita risa que odio cuando no es para mí, cuando algún cliente chistosito le saca una risilla… me encanta su risa, su mirada de extranjera en este mundo, de mirar todo como desconocido y no sorprenderse, sino hacerse la muy calma, la no me importa. Yo, la odio, odio mi soledad, me odio a mí, y me late porque yo creo que odiar es un privilegio, es donar y atesorar un espacio de tu mente, tus pensamientos y tu vida a alguien, una persona en especial, podrían ser muchas, otras, todas, pero no, tú decides a quién odiar y cómo odiarla. Le concedes un trozo de tus noches, le das la importancia merecida, es más que un sentimiento haciéndote bolita las tripas, es más y en es ese más maravilloso está la Magos. Y mientras, la veo de lejos…ando volando bajo. Me despido por hoy, sino voy a terminar confesándole mi amor por el mesenyer a la Magos o buscando quién me tire un hueso, y pus así no. Disculpa la tardanza, anduve en cosas de auditorias. Cuídate mucho, ya te contaré lo de mi jaifaib.

Un abrazo, sincero.

Hipólito Juárez Saavedra.

Con el odio encabronado. Prometo guardar mis odios en frasquitos de diez pa´ venderlos en las micros.

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