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Libertad - Sobre el cuarteto Ribot-Bennink-Anderson-Cohen

Jueves 2 de septiembre de 2010, por David Murrieta

“There is no music without order – if that music comes from a man’s innards. But that order is not necessarily related to any single criterion of what order should be as imposed from the outside. Whether that criterion is the song form or what some critic thinks jazz should be. This is not a question then of “freedom” versus “nonfreedom”, but rather it is a question of recognizing different ideas and expressions of order.” -Cecil Taylor

El festival Radar siempre está lleno de sorpresas. Noise, metal, y jazz han llenado las carteleras de estas últimas ediciones, cubriendo la mayoría de los gustos y aventuras de un gran y diverso público necesitado de visiones varias sobre el avant-garde. Y qué variedad; desde la misa negra de Sunn O))) (hail Satan, baby) hasta la fuerza improvisada del cuarteto compuesto por Marc Ribot, Han Bennink, Greg Cohen, y Ray Anderson. No hace falta estar sumergido en éxitos de radio para que estos conciertos sigan provocando cosas, sea ira, felicidad, tristeza, simpatía, yo qué sé. Pero el tema de este post no se trata del festival en general, sino de un par de conciertos: el del cuarteto mencionado y el del tercio “liderado” por Anthony Braxton que se presentó en el Teatro de la Ciudad el año pasado.

Si vieron al cuarteto, seguramente pudieron percatarse de lo orgánico de su coordinación y su sonido, fluyendo con intenso dramatismo de la atonalidad al fusión, a ciertas reminiscencias del big band, incluso llegando a hipnotizar al público con un drone minimalista seguido de un bebop muy “bluesy” (¡vean los videos que están en nuestro sitio!). Fue un gran viaje no lineal a través de la historia del jazz repleto de pasión y energía; un viaje dirigido por la idea de free jazz, de libertad y comunión. Ideas grandiosas, emocionantes, pertenecientes al pasado al que tanto se refiere nuestro cuarteto, pero aún esperanzadoras, aún vigentes por inercia y por nostalgia.

El free jazz, existente más o menos desde 1960, estuvo impulsado en origen por Ornette Coleman, un saxofonista convertido en multi-instrumentista, bajo la noción de que la improvisación era la que debía determinar la forma y la estructura de las piezas, y no al revés. Es, por decirlo de una manera, una purificación de la expresión individual, un gesto de libertad plena en un mundo en el que alguien más siempre nos está diciendo cómo deben ser las cosas. Sin embargo, la historia y el pasado se mantienen al acecho; Free Jazz (1960) se siente todavía como un colectivo tocando en sintonía con una base formal (hay partes aún basadas en composiciones previas). Es John Coltrane quien, en Ascension (1965), superó tal “dificultad” y dio rienda a la libre asociación entre cada uno de los músicos, dejándolos convivir democráticamente en plena libertad. Pero Coltrane intentaba salvar un puente entre esta nueva y atractiva expresión con el todavía poderoso imperativo de la tradición, de la historia: evocaciones formales surgen aquí y allá durante todo el disco. Numerosas bandas posteriores trabajaron alrededor de este esquema y lo siguen haciendo hasta nuestros días. ¿Podemos ubicar aquí a nuestro cuarteto? Tal vez.

Anthony Braxton, tres años después del Ascension de Coltrane, lanzó un fatal desafío: 3 Compositions of New Jazz. Comprometido mucho más que Coleman con el avant-garde, Braxton da rienda a la destrucción del pasado con piezas que tienen en mente no sólo la libertad de los músicos, sino también la de la música: lo aleatorio (muy distinto a lo improvisado), lo atonal, y lo “performativo” dan lugar a la infinidad y al presente, al aquí y ahora proyectado al para siempre. Es jazz y no es jazz, es ‘música de compositor’ y no lo es… eso sí, es agresivamente moderna. “We’re dealing with textures now”, dice Braxton, “individual worlds of textures. We’re working toward a feeling of one – the complete freedom of individuals in tune with each other, complementing each other.” Es un paso más allá en el free jazz – ser diferentes, irremediablemente diferentes, pero llegar a esa perfecta comunión en la que todo parece ser creado por una sola voluntad; no es casualidad que cada uno de los músicos de su ensamble original fueran multi-instrumentistas: Braxton deja el saxofón para tocar el piano y traspasar su persona, su expresión, a un sonido diferente que no alterará la unidad más que en forma positiva. Si bien no sabemos si esta búsqueda del tao terminará algún día, por lo menos ha cambiado muchísimas cosas del jazz desde ese tiempo hasta el nuestro.

En su concierto el año pasado, Braxton hizo un gesto tan teatral como significativo: colocó un reloj de arena (muy grande, por cierto) que marcaba tanto el inicio como el final de las piezas. Nada detiene a la música, nada detiene a la libertad, mas que el tiempo que se acaba, la muerte. ¿Y qué es la historia y el pasado sino eso? Su lucha, su larga y prodigiosa lucha, así como su persona, acabará algún día siendo absorbida por su contrario. Por otro lado, si éste ya no estuviera, entonces la música seguiría a perpetuidad. Sin percusiones dando golpes determinantes y recordándonos la presencia de nuestros cuerpos, el ensamble de Braxton se mueve en un terreno etéreo de ritmos abiertos, variables, a veces inexistentes, dejándonos ser encantados por la lírica de la atonalidad y el silencio. Cuando el trompetista del ensamble vertió agua en su instrumento y creó un sonido bastante extraño, algunos sonreímos, otros reímos, y nos dimos cuenta de que el asunto era serio; explorar lo ilimitado del sonido requiere de una exploración igualmente profunda de nosotros mismos. Eso, tal vez, es lo máximo de la creatividad.

En comparación con Braxton, nuestro cuarteto es menos agresivo, menos vanguardista. Al mismo tiempo, pertenece a una época en la que las vanguardias ya fueron superadas; innovación no es destrucción de la forma, sino, al estilo alquímico, la transmutación de la misma. Hans Bennink hizo de su presentación todo un performance, abrió los ritmos como si su batería fuera un piano mientras el resto del conjunto se expresaba con entusiasta libertad en los estilos de sus preferencias. Unos se amoldaban a otros y todo parecía ser un gran continuo de música en el que los artistas tienen las cosas bajo control: no hubo necesidad de un reloj de arena, pues han aceptado la influencia de la historia y no están peleados con ella. No están ahí para trascender, están ahí para liberarse y liberarnos con plena aceptación de que, a pesar de todos los encores que pudiéramos querer, todo va a acabar en algún momento. No hubo nostalgia por el bebop o el big band, sino al contrario, lo rehicieron en el presente como parte de un estilo de free jazz que ha ido tan más allá de los límites que ya no tiene un objetivo general que supere el de los ensambles en particular: comunión entre sí, y comunión con la audiencia. Porque sería injusto llamarlos “Marc Ribot & Co.”, o “Greg Cohen Quartet”, puesto que ya no es cuestión de individualidades, sino de comunidades liberadas una hora y media por la música.

En fin. Lo mejor de todo es que todavía podemos escuchar a ambos conjuntos en vivo, cada uno con su versión de free jazz; no hallamos que uno sea menos libre que el otro, sino que, como dice Taylor, encontramos diferentes expressions of order, nociones de libertad y lo que se requiere para alcanzarla: método y visión al futuro, en un caso, y consciencia y visión al pasado, en otro. Los dejo con una de las composiciones de Braxton, para aquellos que no lo escucharon el año pasado. Para los que no fueron a ver al cuarteto la semana pasada, vean los videos que están en el sitio… están bien divertidos.

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